Índice

Trabajos presentados por los estudiantes de la Universidad Carolina al concurso 

Premio Iberoamericano 2000

organizado por las embajadas en Praga de los países de habla hispana y portuguesa

Autor:  Maxim Ščur

Título: Reflexiones acerca de la estética ortegiana tal y como aparece en "La deshumanización del arte"


Reflexiones acerca de la estética ortegiana tal y como aparece en "La deshumanización del arte"

 

 

ÍNDICE

 

1.      Introducción.............................................................................................. 1

 

2.      El arte y el tiempo..................................................................................... 2

 

3.      “El principio diferenciador”.................................................................... 5

 

      4.    Arte como signo........................................................................................ 9

     

      5.    “El arte nuevo” como simulacro............................................................ 12

 

      6.     La devaluación del signo y la escasez del sentido................................ 15

 

      7.    ¿Qué es esto, “la deshumanización del arte”?...................................... 20

 

      8.    Conclusión................................................................................................ 26

 

            Nota sobre el autor..................................................................................... 28

 

1. Introducción.

 

Es, pues, sobremanera probable que este ensayo

de filiar el arte nuevo no contenga sino errores.

José Ortega y Gasset

  “La deshumanización del arte”

 

El arriba citado ensayo, escrito y publicado por el filósofo español en el año 1925, será el campo de nuestras indagaciones en la cuestión del “progreso” en el arte. Explicar cómo “se desarrolla” el arte y por qué los cambios que en él se realizan los percibimos como su “desarrollo” sería entender, tal vez, la esencia del arte mismo. No es que sea inevitable en este caso recurrir al texto, aunque clásico, de Ortega: existen miles de trabajos especiales recientes, dedicados al fenómeno mencionado. Sin embargo, ninguno de ellos es tan conciso y al mismo tiempo tan informativo, que parezca abarcar e incluso agotar toda una problemática en unas cuantas decenas de páginas; y esto es, a mi juicio, precisamente lo que hizo Ortega con la filosofía del arte. Demostrarlo en este trabajo es una de las ambiciones de su autor, aunque “autor viene de auctor, el que aumenta”(pág. 35). Es que sí, varias veces tendré que aumentar para pasar lo implícito de Ortega por lo explícito, pero ¿qué otra cosa es la interpretación? A lo mejor, el propio Ortega y Gasset nunca se hubiera confirmado con un análisis así, es decir, deconstructivista; pero yo lo considero más bien reconstructivista, al menos, en lo que se refiere al texto elegido. Además de cierta complicidad estilística y léxica,  que a un extranjero le salta a la vista en seguida, no hay nada que sea “ininteligible” en las cavilaciones del filósofo, cuya ética inmanente está sometida a un sólo principio más allá de cualquier ideología: a un deseo casi sobrenatural de objetividad. Precisamente esta ambición  le hace a Ortega detener su pluma a punto de hacer conclusiones inequívocas, que le habrían parecido innecesarias.“Me ha movido exclusivamente la delicia de intentar comprender—ni la ira ni el entusiasmo. He procurado buscar el sentido de los nuevos propósitos artísticos, y esto, claro es, supone un estado de espíritu lleno de previa benevolencia. Pero¿es posible acercarse de otra manera a un tema sin condenarlo a la estirilidad?”(pág. 53). La independencia de la opinión de Ortega (por más que sea influida por sus estudios de la filosofía clásica antigua y alemana) es otra cualidad de su ensayo que me parece preciosa. Por fin, la mejor consecuencia que puede tener una lectura es la de hacer pensar al lector, y éste es, entre otros, el efecto que Ortega y Gasset suele conseguir. Y como que nuestro pensamiento se adopta inevitablemente a su inteligente y culta manera de pensar, ya en sus propias tentativas analíticas sigue la línea teórica y también rétorica, marcada por el texto leído. Así, creo yo, apareció también este ensayo mío, no siendo más que una de las versiones posibles de la relectura (sin poder decir “reescritura”) de “La deshumanización del arte”. Aquí, estimando el derecho a la propiedad intelectual, es necesario hacer una separación clara de las ideas de Ortega de las mías: éstas las trataré de expresar en forma de preguntas, con que aquéllas me servirán de respuestas, o de indicios de respuestas. De esa manera montaremos, el autor y el relector, un diálogo entre las dos épocas y dos entendimientos, para llegar a una serie de conclusiones comunes, que a no ser definitivas serán a su vez discutibles.

 

 

 

 

 

 

 

2. El arte y el tiempo.

  

                                                                Porque, al fin y al cabo, agredir al arte pasado,

tan en general, es resolverse contra el Arte mismo,

                                                                     pues,¿qué otra cosa es concretamente el arte sino

                                       el que se ha hecho hasta aquí?

José Ortega y Gasset

“La deshumanización del arte”

 

a) El concepto de la modernidad.

 

El ensayo de Ortega no contiene ninguna definición en cuanto a la noción “época histórica”(pág.12), ni explica qué es lo que él llama “nuestra época”(pág. 15). Ambas expresiones las utiliza en el sentido común de esta época misma(!), que por lo visto está pensada como un todavía incierto e inacabado plazo temporal, marcado con la presencia del hablador. Es decir, la reflexión de Ortega es una reflexión sobre la contemporaneidad desde el punto de vista de esta (o más bien aquella) contemporaneidad. “La modernidad” como tal, como un fenómeno objetivo que eternamente coexiste con un pensador, puede ser definida sólo en caso cuando éste es capaz de abstraerse del momento histórico concreto. Ortega procede distintamente, dirigiéndose a la experiencia empírica propia de la vida de su lector; le habla de la modernidad que éste ya conoce y por eso no necesita más explicaciones. Sin embargo, no se refiere Ortega a la modernidad momentánea, sino la comprende como un período duradero, cuya duración puede ser registrada por la memoria de un individuo: es de notar que casi siempre se dirige a la memoria del lector para denominar la modernidad como la “época nuestra”. Habla de artista “contemporáneo menor de treinta años”, de las tendencias que acababan a aparecer “desde hace veinte años” y contagiaron a “los jóvenes más alerta de dos generaciones sucesivas”(pág. 12). Lo último nos indica que se trata del arte de comienzas del siglo XX y del fenómeno que hoy día llamamos “el modernismo”. Además, Ortega menciona el cubismo, el dadaísmo, el expresionismo y el ultraísmo, de los que ya tenemos definiciones puramente históricas, y los que nos hemos acostumbrado a considerar antigüedades nomás.¿Valdría la pena, entonces, hablar sobre un filósofo del arte modernista en la época que se proclama postmoderna? No obstante, no es exactamente “el hecho histórico” de la aparición del arte nuevo que le interesa a Ortega. A la modernidad la examina como a un fenómeno más bien metafísico: no la ve pensada por otras épocas, sino exclusivamente por ella misma, y no la percibe como una época de tantas otras, sino como “la modernidad moderna”, es decir, modernidad como tal, presente y absoluta. De aquí proviene la aparente “negligencia” del autor en cuanto a la periodización: toda certeza cronológica es imposible, si el propio sujeto reflectante no está colocado fuera del tiempo, sino a cada momento trata de identificarse con él. Esta actitud de periodista, que es también de testigo, adoptada por el filósofo respecto a su tiempo, tal vez se debe a su aspiración infinita a la objetividad. Su condición imprescindible es la siguiente: mientras que el filósofo Ortega y Gasset está reflexionando, el hombre real Ortega y Gasset nunca ha de dejar de ser su contemporáneo. Es lo mismo, creo yo, que procurar a sacar una foto de un deportista en medio de la carrera con ayuda de un aparato dagerrotípico anticuado, corriendo a su lado con el dicho aparato en las manos. No hay en esta comparación la menor ironía: el retrato obtenido sería, paradójicamente, el retrato más verídico posible del corredor desde el punto de vista de su carrera. A lo mejor, no hace falta recordar al lector, que una imagen así se parecería a un cuadro impresionista o, aún menos, a una mancha de luz dispersa. Y además,¡precisamente esta imagen vaga representaría el autorretrato de la veracidad misma! Sería un reflejo del concepto de la veracidad en el sentido de la época de los aparatos daguerrotípicos.

Por eso nos va a interesar primero el instrumentario técnico, del que disponía Ortega y Gasset para obtener una imágen objetiva de la modernidad suya. A propósito, con el mismo aparato y con el mismo método sería posible “sacar una foto” de la contemporaneidad nuestra, para averiguar, si la vemos demasiado distinta de la época de “la deshumanización del arte.” De veras, si nos empeñáramos a “reescribir” el ensayo de Ortega referiéndonos al día de hoy y si nos pusiéramos además el hábito riguroso (por más innecesario que nos parezca esto) de objetividad, entonces,¡pocas cosas habría que cambiar en el texto original! Las observaciones de Ortega son muy aplicables al nuestro y a todos los demás tiempos precisamente gracias a su manera poco categorizante de expresarlos. Eso ya lo veremos a continuación. 

 

b) Denominaciones de “lo nuevo”.

 

Otra ventaja de “La deshumanización” es la definición, o mejor dicho, la indefinición del concepto de “lo nuevo”. El autor le pone distintos nombres al arte nuevo, entre ellos arte joven”, recién llegado”, “la obra joven”, “la música nueva, la nueva pintura, la nueva poesía, el nuevo teatro”, “arte germinal de nuestra época”, etc.; además, habla del “estilo que innova” y de la “generación novísima” de artistas. Si miramos atentamente, podemos descubrir tres aspectos del arte moderno que refleja Ortega: 1) “nuevo” y “joven” se reemplazan con más frecuencia y se refieren, en general, a todas las tendencias artísticas que surgieron a finales del siglo XIX; 2) “recién llegado” y “novísimo” se refieren a los estilos que estaban de moda en el año 1925 y en su mayoría fueron reconocidos ya por la crítica; 3) “germinal” y “el que innova” son eufemismos estilísticos, que sin embargo tienen matiz de cierto presentimiento: demuestran, que en el momento de la aparición de la obra de Ortega el desarrollo del arte nuevo está por continuarse, y no se sabe todavía si tiene fin. Estas tres maneras de expresar la idea de “lo nuevo” aproximadamente corresponden por sus significados a los tres tiempos verbales del Presente (El Pretérito Perfecto, El Presente, y El Futuro Simple en su significado modal) y desplegan ante el lector el concepto lingüístico de la Modernidad, tal como una lengua romana la es capaz de concebir. Registran tres tipos de hechos: los que ya sucedieron, pero aun se ve su trecho en la memoria y se siente su influencia en los hechos presentes; los que están sucediendo ahora, en el vago momento del presente sin más definición; y, por fin, los que están por suceder, o los que van a “hacerse presentes” dentro de un rato mínimo de tiempo, en el futuro más próximo. De este modo, Ortega se refiere como a “lo nuevo” a todo lo que su época todavía percibe como nuevo, e incluye en su análisis todos los aspectos de la modernidad abstracta, tal como la refleja el sistema universal de la lengua. No especula más acerca de “lo nuevo”, porque le interesa todo lo nuevo en sí, “lo nuevo” como el concepto metafísico.              

  

c) El conflicto entre “el pasado” y “lo nuevo”.

 

De principio, el pasado le sirve para Ortega para confrontarlo en seguida con lo de hoy. Tampoco aquí nos ofrece una definición clara del pasado, pero la podemos intuir partiendo del texto mismo y de la función que cumple en él. Entonces, “el pasado” aparece aquí como un antónimo ocasional de “lo nuevo”, es relativo respecto a la absoluta y todopoderosa Modernidad y representa algo remoto, poco actual y aún sobrepasado(!). Como tal, también tiene carácter de pura abstracción metafísica. Es de notar que “pasado” y “pretérito” en Ortega se refieren tanto al tiempo como al arte, más bien, el arte está caracterizado por el tiempo: nos habla de las “formas arcáicas del antiguo régimen poético”, lo que no nos comunica algo concreto sobre aquellas formas y aquel “régimen” en sí, sino expresa con doble fuerza la imposibilidad de que vuelvan:“...hay un punto, a mi juicio, inconmovible en la nueva posición: la imposibilidad de volver hacia atrás.”(págs. 53-54). Y además:”En arte es nula toda repetición.”(pág. 20). En la misma página menciona a las “formas ya arcáicas, exhaustivas y periclitadas”. Como podemos ver, cerca a la definición neutral de “lo pasado” proliferan definiciones más enfáticas, que ya andan cargadas del conflicto entre lo viejo y lo nuevo y son pronunciadas con un desafío, con el que el presente se dirige al pasado. Incluso el adjetivo “tradicional” tiende a tener un matiz despectivo (en ningún caso para Ortega, sino en el contexto de la realidad que describe), y es marcado también por una imposibilidad, la del desarrollo del arte “dentro de la tradición”(pág. 54). El antagonismo entre lo viejo y lo nuevo ya existe antes de su enfrentamiento presente, y también es de valor metafísico: su forma presente es una “confrontación con lo que era el arte hace treinta años, y, en general, durante todo el siglo pasado”, sin más precisar; “indefinible repugnancia a los artistas tradicionales, vigentes, gobernantes”(pág. 45); etc. A “lo nuevo” y a “lo viejo” Ortega los refleja como a dos boxeadores, preparados a un combate mortal, sin tratar de entender uno a otro. El conflicto, entonces, ya precede al combate, y es ante todo un conflicto de palabras, de definiciones, de entendimientos y por fin de “sensibilidades”: esto nos demuestra el propio vocabulario, utilizado por los enemigos y detenidamente registrado por el árbitro. Para hacerles entender uno a otro, es necesario buscar una terminología que sea aceptable para las dos partes y que les posibilite el entendimiento: de eso también se ve obligado a encargarse un fenomenólogo como Ortega, haciéndose “un truchimán de la tradición artística”(pág. 45). Lo que importa a Ortega es comprender, trazar entre los dos fenómenos de índole metafísica una línea ininterrumpida de la evolución, es decir, establecer entre ellos una continuidad, que sea tan natural como la continuidad del tiempo físico entre las dos épocas históricas. Por eso declara:”Los escritores que reducen su inspiración a expresar su estima o desestima por las obras del arte no debían escribir... Ya enseñaba nuestro buen viejo Aristóteles que las cosas diferentes se diferencian en lo que se asemejan, es decir, en cierto carácter común. Porque los cuerpos tienen todos color, advertimos que los unos tienen color diferente a los otros. Las especies son precisamente especificaciones de un género y sólo las entendemos cuando las vemos modular en formas diversivas su común patrimonio.”(pág. 25) La tarea de Ortega es doble: no se propone solamente a interpretar el presente en términos del pasado, sino también a interpretar el pasado en términos del presente. No es casual, que a la propia deshumanización la denomina como a un “fenómeno histórico”(pág. 44), teniendo en cuenta que presupone en ella una motivación histórica, que es menester buscar en el pasado, y aquí mismo recuerda al lector que “No es fácil exagerar la influencia que sobre el futuro del arte tiene siempre su pasado”. De alguna manera, trata de justificar el pasado denominándolo como “la evolución artística anterior”, para ponderar que “la evolución artística presente” es, de hecho, la continuación del mismo proceso de la evolución: la de antes, la de hoy, la de siempre. La relación entre la tradición y el arte nuevo la denomina como “inversión del tema artístico”, como “divergencia”, disociación”, disyunción... en el plano más profundo que individual”(pág. 13), la cual definición presupone, primero, que hay algo en común entre las dos etapas del desarrollo del arte, y segundo, que la causa de su disimilación tiene que ser objetiva. En cierto momento, considera Ortega, “la gravitación del pasado sobre el presente tiene que cambiar de signo”(pág. 46), pero no se cambia la intensidad o la esencia de aquella “gravitación”: sigue siendo una fuerza de naturaleza “cósmica”. Entonces, al fin y al cabo, ¿por qué este cambio de signo?      

 

 

 

 

 

3. “El principio diferenciador”.

 

Bajo toda la vida contemporánea late una injusticia

profunda e irritante: el falso supuesto de la igualdad

                    real entre los hombres.”

José Ortega y Gasset

“La deshumanización del arte”

 

Las primeras diez páginas de su ensayo Ortega y Gasset las dedica a la tarea proclamada por el título de un libro francés:”estudiar el arte desde el punto de vista sociológico”.(pág. 11). Sin duda alguna, es una ocupación muy grata para un filósofo, aunque también peligrosa en cuanto a las conclusiones imprevistas. Lo primero que atrae la atención de Ortega es el que “todo el arte joven es impopular”.(pág. 12). Mientras cotiza de “impopular” y aún de “antipopular” el arte nuevo, atribuye la popularidad al romanticismo:”El romanticismo conquistó muy pronto al ” pueblo”...Las obras románticas son las primeras... que han gozado de grandes tiradas. El romanticismo ha sido por excelencia el estilo popular. Primogénito de la democracia, fue tratado con el mayor mimo por la masa. En cambio, el arte nuevo tiene a la masa en contra suya y la tendrá siempre. Es impopular por su esencia; más aún, es antipopular.”(pág. 13).¿Qué cosa es la masa? Algo que surgió con el romanticismo y la democracia, el “pueblo, para el cual el viejo arte clásico no había sido nunca cosa entrañable. El enemigo con quien el romanticismo tuvo que pelear fue precisamente una minoría selecta...”(ibid.) El arte nuevo es también una especie de arte minoritario, como que al público “lo divide en dos porciones: una, mínima, formada por reducido número de personas que le son favorables; otra, mayoritaria, innumerable, que le es hostil.”(ibid.) A continuación, denomina el arte nuevo como a “un arte de privilegio, de nobleza de nervios, de aristocracia instintiva”(pág. 14). Sin embargo, ¿es esta calificación cuantitativa suficiente ya para hablar de “nobleza de nervios”?¿De veras explica algo, o solamente finge explicar?¿Por qué es necesario que “los mejores” sean pocos?¿Y si es siempre que los que son pocos al mismo tiempo son los mejores? Lo más importante de este pasaje es la observación inadvertida de que el arte así llamado “minoritario” ya existía antes del romanticismo: era el arte clásico y también era “de privilegio, de nobleza y de aristocracia”; luego vino el romanticismo y la democracia, gracias (o desgracias) a los que “durante siglo y medio el “pueblo”, la masa, ha pretendido ser toda la sociedad.”(ibid.) Y ahora, por fin, llega el arte nuevo, que “no es un arte para los hombres en general, sino para una clase muy particular de hombres que podrán no valer más que los otros, pero que, evidentemente, son distintos.”(pág. 16). Aunque no es la misma “la minoría selecta”, que fue aniquilada por la revolución francesa, y la del año 1925, ésta, como aquella, se distingue por la riqueza de su vida sensual: está determinada por una propiedad insólita, casi milagrosa, que esta vez no es económica, sino biológica. Es la “sensibilidad estética” que la une con la aristocracia del siglo XVIII, o la sensibilidad al “arte artístico”(pág. 15).¿Cómo se puede descifrar estos pleonasmos?¿Qué quiere decir Ortega con esto:“Lo importante es que existe en el mundo el hecho indubitable de una nueva sensibilidad estética”?(pág. 26)¿Cuál es la naturaleza de esta “sensibilidad del sentimiento”? A pesar de mucha tinta derramada, no hay en el texto entero de “La deshumanización del arte” ninguna definición de la “nueva sensibilidad” que nos pueda satisfacer por su carácter rigurosamente científico. Debería de ser un fenómeno psicológico, pero a cada paso más y más se subraya su índole social. Se sabe que los que la poseen son pocos. Se sabe que los creadores del arte nuevo la poseen en su mayoría, mientras que entre el público todavía hay pocos que la tienen:”Esta nueva sensibilidad no se da sólo en los creadores del arte, sino también en gente que es sólo público. Cuando he dicho que el arte nuevo es un arte para artistas, entendía por tales no sólo los que producen este arte, sino los que tienen la capacidad de percibir valores puramente artísticos.”(ibid.) Es muy importante aquí fijarse en el uso del adjetivo “puro”, que aquí es un sinónimo de “libre”. ¿Hay acaso “valores artísticos” que sean “impuros”? Luego se descubre que todos los valores artísticos lo son:“Aunque sea imposible un arte puro, no hay duda alguna que cabe una tendencia a la purificación del arte. Esta tendencia llevará a una eliminación progresiva de los elementos humanos, demasiado humanos que dominaban en la producción romántica y naturalista... Entonces tendremos un objeto que sólo puede ser percibido por quien posea el don peculiar de la sensibilidad artística. Sería un arte para artistas, y no para la masa de los hombres; sería un arte de casta, y no demótico.”(pág. 19) Resulta, que no es “la sensibilidad nueva” que sirve para entender un tipo determinado del arte, sino que “el arte nuevo” sirve para complacer una determinada (o mejor indeterminada) sensibilidad. Además, ¿por qué esta nueva sensibilidad, para manifestarse, requiere que el arte necesariamente sea privado de los elementos “humanos, demasiado humanos”?¿Y por qué a la mencionada eliminación se pasa por “purificación”?¿Qué es “lo humano” según el arte nuevo? La respuesta previa suena:”lo humano” es todo lo que se refiere a la mayoría, y está bautizado de “humano” por arbitrariedad. ¿Acaso es menos “humano” jazz que la música clásica? Bien, si vamos a emplear la palabra en el mismo sentido que Nietzsche, entonces ya se trata de otra cosa; pero, de cualquier modo, sería muy atrevido suponer, que el filósofo alemán habría podido atribuir su “demasiado humano” simplemente “a la mayoría”(¿dos terceros?¿cuatro quintos?) de la gente, sin más calificar.

Si comparamos, qué sabemos sobre “la mayoría” y “la minoría” a base del texto de Ortega, veremos que el primer concepto está definido muy inequívocamente, mientras que el otro está parasitando en aquella definición (también arbitraria, como vamos a ver) de “la mayoría” y de principio se manifiesta como un mero negamiento de todo lo relacionado con “lo humano” o “lo burgués”(?!). Igual que “el arte joven” necesita, para ser constituido, “purificarse” primero de “lo humano” de la época anterior, es decir, negar sin más explicaciones los valores artísticos del pasado para que pueda tan sólo empezar a crear los “suyos”, así también “la minoría selecta” necesita primero ser reconocida como una “minoría”, mejor dicho, distanciarse de “la mayoría”. ¿Reconocida por quién? Por “la mayoría” misma. En cuanto “la mayoría”(de la gente) de una vez reconozca, que una parte de la sociedad puede ser distinta de la otra, con esto mismo va a reconocer la existencia hipotética de “una minoría”. Entonces,¿cómo que puede ser distinta? ¿Que “unos poseen un órgano de comprensión negado, por tanto, a los otros”(pág. 14)? ¡Por Dios! Aunque fuera así, “la mayoría” nunca reconocería que le es “negado un órgano de comprensión”.¿Cómo se puede hacer pensar a la mayoría que 1º, somos distintos; y que 2º, somos minoría? Del “principio diferenciador” sirve, entre otros, “el arte nuevo”. ¿Cómo tiene que ser, para que lo rechace la mayoría? “Antipopular”, por lo visto, y esta vez sí que la definición es muy exacta. Porque para saber, qué cosa es “antipopular”, es imprescindible saber primero qué significa “popular”, “mayoritario”, “burgués”, etc.

Quisiera subrayar ahora, sin tardar más tiempo, que lo esencial del “arte nuevo” es precisamente su “efecto social”, su carga ideológica, su función social distintiva y, como resultado, su carácter minoritario. No cabe duda: todo estilo de principio es minoritario simplemente por ser nuevo, como que hay poca gente que todavía lo conoce; así que escribe Ortega:”El estilo que innova tarda algún tiempo en conquistar la popularidad: no es popular, pero tampoco impopular.”(pág. 13) En cambio, el arte nuevo es concebido como minoritario, necesita ser minoritario, cueste lo que cueste. ”El arte nuevo, por lo visto, no es para todo el mundo, como el romántico, sino que va desde luego dirigido a una minoría especialmente dotada.”(pág. 14). ¿Por qué? A lo largo de unas cuantas páginas que siguen, el filósofo procura encontrar alguna explicación al fenómeno de la división estética de la sociedad, causada por el arte nuevo, pero ninguna de las respuestas le satisface. ¿Tal vez no hay explicación, y “el principio diferenciador” no existe?

Aún más: tampoco existe alguna división real de la sociedad. Si leemos atentamente el pasaje, de donde nace esta suposición, nos daremos cuenta de que es más bien fantástica:“El arte joven, con sólo presentarse, obliga al buen burgués a sentirse tal y como es: buen burgués, ente incapaz de sacramentos artísticos, ciego y sordo a toda belleza pura.”(ibid.)             

¡Pero “el buen burgués” (si de verdad es un “buen burgués”) es incapaz de sentirse “incapaz de sacramentos artísticos, ciego y sordo”! Lo que es capaz, es proclamar los nuevos valores artísticos cosa de poca importancia para él, es decir, de muy poco valor. Y exactamente eso es lo que pasa. Si el burgués es incapaz de sentirse “ente”, entonces, la frase debe acabar antes:”El arte joven, con sólo presentarse, obliga al buen burgués a sentirse tal y como es: buen burgués.”(!) ¿Qué es lo que pasa? Pues, nada. Lo que en aquella época “el buen burgués” empieza a sentir respecto al arte nuevo (o a un arte cualquiera) es INDIFERENCIA.         

(Ad lectorem: ¿Por qué al arte nuevo no le es indiferente la indeferencia del burgués, ante todo? ¿Por qué no le preocupa tanto la indeferencia del cura? ¿Del obrero? ¿Del aristócrata? ¿Del campesino? ¿Del militar? ¿Es que la burguesía (ahora diríamos “la clase media”) de veras era en aquel entonces lo mismo que “la mayoría”? Ni mucho menos; aquí se trata de una aproximación deliberada. Sin embargo, en el sistema capitalista la burguesía representa la clase dominante de la sociedad: le pertenece el poder económico, porque la mayor parte del capital está concentrada en sus manos, y la mencionada “democracia” que predominaba durante los “cien años del halago omnímodo a la masa y apoteosis del pueblo”(ibid.) era no más que la proclamada forma del poder en el estado burgués (el derecho a votar no lo tenían todos los ciudadanos). Además, precisamente aquel período es el de la comercialización del arte, durante del cual la producción artística depende totalmente de los mecenas burgueses, como que “la minoría especialmente dotada” para consumir los productos del arte (tengo en cuenta a la aristocracia royalista y a la nobleza “de monedas”) ha perdido su posición del consumidor monopolista de la belleza. El arte nuevo depende del “gusto burgués” económicamente, por eso se dirige únicamente al “gusto burgués”, atacándolo o no, lo que sea. Aún más: no sólo es previsto por el mismo carácter consumidor del “gusto burgués”, sino también representa una forma curiosa del así llamado “encargo social”. En cualquier caso, su aparición propia se debe al despreciado “gusto burgués”. A continuación ofrecemos un análisis de este fenómeno a base del texto de Ortega.)

¿A qué llama la mayoría de la gente el goce estético?¿Qué acontece en su ánimo cuando una obra de arte, por ejemplo, una producción teatral, le “gusta”? La respuesta no ofrece duda: a la gente (¿toda?) le gusta un drama cuando ha conseguido interesarse en los destinos humanos que le son propuestos... Y dice que es buena la obra cuando ésta consigue producir la cantidad de ilusión necesaria para que los personajes imaginativos valgan como personas vivientes... En pintura sólo le atraerán los cuadros donde encuentre figuras de varones y hembras con quienes, en algún sentido, sería interesante vivir... Y llamará arte al conjunto de medios, por los cuales le es proporcionado ese contacto con cosas humanas interesantes... no conoce otra actitud ante los objetos que la práctica... Alegrarse o sufrir con los destinos humanos... es cosa muy diferente del verdadero goce artístico.”(págs. 16-17).       

Aquí Ortega nos representa su diseño breve del “gusto burgués”. Quisiera que el lector se fije en una cosa muy importante: se trata de un tipo de sensibilidad, que es “hostil” al arte nuevo, y que dominaba durante todo el siglo XIX, porque el arte de aquel siglo era adaptado, como lo piensa Ortega, al “gusto burgués”:”Productos de esta naturaleza sólo parcialmente son obras de arte, objetos artísticos. Para gozar de ellos... basta con poseer sensibilidad humana y dejar que en uno repercutan las angustias y alegrías del prójimo. Se comprende, pues, que el arte del siglo XIX haya sido tan popular: está hecho para la masa...”(págs. 18-19). A diferencia de la “sensibilidad” de “los hombres egregios” que carece de una definición más clara, aquí de hecho se habla de una sensibilidad como de un fenómeno psicológico y no social, y de sensaciones humanas que son al menos nombrables, aunque “vulgares”: la sensibilidad humana resulta ser una debilidad, por la que suele contagiarse del dolor o alegría del prójimo. No es de orden espiritual, es una repercusión mecánica... efecto automático, nada más... No vale confundir las cosquillas con el regocijo.”(pág. 31).

Del largo pasaje citado antes se puede concluir una cosa bastante curiosa: para Ortega, el gusto burgués equivale más o menos al interés. Entonces, mientras que el arte maldecido del siglo XIX le era capaz de interesar al burgués con los destinos humanos, el arte moderno no le interesa. No es que el burgués no sea sensible: sin duda lo es, pero su sensibilidad no toca al arte moderno, como que el arte moderno no le toca al burgués: tal vez, todavía no le parece arte, porque está acostumbrado al “antiguo régimen poético” del siglo XIX. Este régimen Ortega lo llama “realista”:”...todo el arte normal de la pasada centuria ha sido realista. Realistas fueron Beethoven y Wagner. Realista Chateaubriand como Zola. Romanticismo y naturalismo, vistos desde la altura de hoy, se aproximan y descubren su común raíz realista...    Recuérdese que en todas las épocas que tenían dos tipos diferentes de arte, uno para minorías y otro para la mayoría, este último fue siempre realista.”(págs. 18-19).

Llegó el tiempo para hacernos una pregunta de singular importancia:¿por qué el arte para la mayoría tiene que ser “siempre” realista?

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

                                                      

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

  

      

4. Arte como signo.

 

No se trata de que a la mayoría del público

                                                                              no le guste la obra joven y a la minoría sí.

                                                                              Lo que sucede es que la mayoría, la masa,

                                    no la entiende.”

 José Ortega y Gasset

“La deshumanización del arte”

 

Es muy significante aquella inseguridad de Ortega, que una vez habla de la sensibilidad, y otra del entendimiento. Aunque prefiere hablar de la sensibilidad, como que cree encontrar “el principio diferenciador” en la esfera de lo estético, varias veces parece contradecir a sí mismo, cambiando súbitamente de tema. Por ejemplo, declara que “el arte nuevo no es inteligible para todo el mundo”(pág. 15), y, sin embargo, unas cuantas líneas después ya se dedica al “gusto burgués”, y no al “entendimiento burgués” supuesto. Nosotros preferimos guardar silencio en cuanto a los gustos: en vez de eso nos va a interesar la cuestión de lo inteligible y lo ininteligible en el arte.

Primero: todo lo que puede ser inteligible, es decir, significar algo, o tener algún significado, tiene que ser un signo. El signo, como se sabe, siempre pone algo en vez de algo otro. Puede indicar, simbolizar o iconizar un significado. El significado del signo equivale a una idea abstracta de un referente, es decir, de una realidad, a la que se refiere el signo. El significante (una forma física, que la mente percibe como un signo, por ejemplo, un gemido, un grabado, una palabra) y el significado (la idea abstracta que el significante suscita en nosotros, por ejemplo, la idea de dolor, más ideas que se asocian con ella, por ejemplo, la idea de compasión, de ayuda, de miedo, etc.) constan un signo. Su referente es una persona real que sufre. Además, el gemido indica directamente a una persona que sufre y hácenos suponer, que debe estar cerca de nosotros; un grabado de una persona que sufre iconiza su sufrimiento, es decir, representa como real la idea abstracta que tenemos del sufrimiento, pero no el sufrimiento mismo (éste es el caso de la fotografía); y por fin, la palabra “dolor” simboliza el sufrimiento, o postula la idea abstracta del sufrimiento como abstracta. Todos los tres son signos y significan (cada uno a su manera) la misma cosa, el sufrimiento, y se refieren a la misma persona que sufre.

La diferencia entre un gemido, un grabado y una palabra consiste, sin duda alguna, en su expresividad. Ésta depende directamente de la relación entre el referente y el significante del signo. El índice representa al referente como presente y temporal, es decir, totalmente real, porque el significante del índice se refiere al referente directamente. El icono representa al referente como presente, pero atemporal; y respecto al referente él mismo se manifiesta como temporal, pero “ausente”.(Si reconocemos que la escena, representada en un cuadro, es real, entonces, no puede tener ningún “marco” ni ser pintada en un lienzo, etc. Tal vez por eso los cuadros que nos parecen “más reales” son los bodegones, como que su referente se elige intencionalmente de tal manera, que sea aproximado al significante en el tiempo de su existencia. Otro caso del “bodegón” representa, según mi opinión, el teatro.) Por fin, el símbolo representa al referente como abstracto, es decir, ausente y atemporal. En el primer caso, el significante y el referente se presuponen, en el segundo se reemplazan, y en el tercero son independientes. A pesar de estas diferencias, todos los tres signos tienen un referente, que es el mismo.

Bueno; si una obra de arte es inteligible y tiene algún significado, es un signo.¿Tendrá, entonces, algún referente? ¿Qué será?    

Para encontrar la respuesta tenemos que fijarnos bien en la escena con el “moribundo ilustre”, que Ortega describe en el capítulo “Unas gotas de fenomenología”(págs. 21-25). Este ejemplo representa una recapitulación de las ideas de Ortega sobre el papel sociológico del arte. Trata de examinar aquí los “grados de alejamientoemocional de los que presencian la escena de la muerte humana: claro, porque él mismo la toma de principio como un acontecimiento “estético”, poniendo a la escena (hiperbolizando como siempre) a un tal imaginado pintor (NB: no es un representante del arte nuevo, sino un pintor más bien realista, de tradición vieja), para demostrar su interés puramente técnico y profesional a la tragedia de una mujer. Por más que se lo parezca al lector, no vamos a analizar “el grado de alejamiento” del pintor, no sólo porque la misma probabilidad de la presencia suya a una escena tal la ponemos en duda: es que su grado de alejamiento no lo consideramos el último, sino el penúltimo. Hay un grado de alejamiento más, que parece invisible: es el alejamiento del filósofo, que nos describe la escena y trata de poner al pintor imaginario en su lugar; el de Ortega. En él, de hecho, “hemos llegado al máximum de distancia y al mínimum de intervención sentimental”. (pág. 23)¿Cómo procede el filósofo, el más alejado emocionalmente de la escena trágica, cuando se nos “pinta”? Creo que estaremos de acuerdo: no hace más que la semiotiza, la interpreta para el lector en términos de la filosofía, cual interpretación es, a propósito, su profesión, tal como la profesión del médico es interpretar la situación en términos de la medicina; la del periodista, en los del periodismo; del pintor, en los de la pintura. Cada uno aplica a la situación su propio código o lenguaje, con ayuda del cual la analiza desde el punto de vista de su profesión. No creo que el alejamiento del pintor sea mayor que el del médico, o el alejamiento del periodista sea mayor que el del filósofo. Es que su visión de la escena es diferente de las demás debido a su profesión, y no a una falta innata de cordialidad o compasión. “Unas gotas de semiología”, sería el título nuestro para el capítulo citado. Todas las ramas de la actividad humana (que presuponen una actitud práctica, y no “contemplativa”, a la escena) las podemos definir como sistemas semiológicos, o sistemas de signos: el arte, al fin y al cabo, resulta ser un sistema de signos, tal como medicina, matemáticas o un lenguaje cualquiera.

¿Cuál es, entonces, el referente único común de todos ellos? Aquí tenemos la respuesta:”Al llegar aquí tenemos que hacer una advertencia esencial para la estética (!), sin la cual no es fácil penetrar en la fisiología del arte (bien dicho), lo mismo viejo que nuevo.(!!! Parece, que estamos a punto de descubrir la buscada continuidad entre los dos tipos de arte.) Entre estos diversos aspectos de la realidad que corresponde a los varios puntos de vista, hay uno de que derivan (verbo muy importante) los demás y que en todos los demás va supuesto.(¡Esto es genial! “Va supuesto” quiere decir, que hay algo en cada uno de los “diversos aspectos de la realidad”, que deriva del mismo núcleo, que es homogéneo e inmanente a todos, y que al mismo tiempo nos permite suponer la existencia de aquél núcleo; es decir, es informativo para nuestra mente. ¿Qué “aspecto de la realidad” equivale a este ”algo”, qué “aspecto de la realidad” es el más importante, siendo el más informativo?) Es el de la realidad vivida.”(págs. 23-24)

¡Claro que sí! ”Si no hubiese alguien que viviese en pura entrega y frenesí la agonía de un hombre, el médico no se preocuparía por ella, los lectores no entenderían los gestos patéticos del periodista que describe el suceso y el cuadro en que el pintor representa un hombre en el lecho rodeado de figuras dolientes nos sería ininteligible.”(!!!) (pág. 24)

Es muy a tiempo advertir, que de este pasaje proviene toda la interpretación consiguiente del texto de Ortega. Es aquí donde reconoce y postula, que el arte puede ser también inteligible, o informativo, es decir, comunicarnos alguna información específica, de carácter sensual, estético. Y unos detalles más: el pintor que participa en el episodio es un pintor realista; la mujer del “hombre ilustre” es, obviamente, una burguesa; el cuadro del pintor es inteligible.

Todo parece muy justo, a excepción de que la presencia de un pintor cerca del lecho del moribundo es ficticia. Luego, en el capítulo llamado “La vuelta del revés”(título muy sintomático), Ortega desaprueba su opinión inicial sobre la actitud entre la realidad y el realismo. Por ahora escribe:”...entre las realidades que integran el mundo se hallan nuestras ideas. Las usamos “humanamente” cuando con ellas pensamos las cosas... En cambio, el psicólogo (o tal vez, cualquier otro profesional), adoptando un punto de vista anormal, “inhumano”, ...procura analizar la idea como tal idea. Se trata, pues, de la perspectiva opuesta a la que usamos en la vida espontánea. En vez de ser la idea instrumento con que pensamos un objeto, la hacemos a ella objeto y término de nuestro pensamiento. Ya veremos el uso inesperado que el arte nuevo hace de esta inversión inhumana.”(págs. 24-25)                  

¿Por qué Ortega considera, que “el arte viejo” adopta el punto de vista “normal” y “humano”, a diferencia del “arte nuevo”? Por que la presencia “casual” de un pintor realista cerca del lecho mortal de un hombre le parece natural, verídica y aún más, imprescindible para, 1º: que aparezca un cuadro realista; y 2º: demostrar, que el alejamiento del pintor es mayor que el de los demás participantes. Ambos postulados, como lo hemos demostrado ya, son falsos, como es falsa la participación del pintor en la escena de la muerte. No es “inhumana”, es absurda y no vale como un ejemplo para explicar la actitud del arte a la realidad. El arte realista no tiene nada que ver con la realidad, y un pintor (aunque realista) no necesita presenciar la escena para pintarla. El pintor, cualquiera que sea su manera de pintar, “procura analizar la idea como tal idea” tanto como el filósofo o el psicólogo, da igual. No usa la perspectiva “de la vida espontánea” ni la “opuesta”, sino la de sus conocimientos profesionales. Así que no hay razón de contraponer el arte realista al “arte nuevo” a base de su actitud a la realidad. Después veremos, que pasa todo lo contrario: ¡el arte modernista es el que adopta la actitud humana y espontánea a la realidad! Este error lamentable, que se debe a un ejemplo mal apropiado y molesta a comprender la idea esencial de “La deshumanización del arte”, lo va a corregir Ortega mismo en el capítulo ya mencionado:”Dicho de otro modo, pensar es el afán de captar mediante ideas la realidad (las ideas ya no son realidad, por supuesto); el movimiento espontáneo de la mente va de los conceptos al mundo. Pero es el caso que entre la idea y la cosa hay siempre una absoluta distancia.(Esto es Kant.) El objeto es siempre más y de otra manera que lo pensado en su idea. Queda ésta siempre como un mísero esquema, como un andamiaje con que intentamos llegar a la realidad. Sin embargo, la tendencia natural nos lleva a creer que la realidad es lo que pensamos de ella, por tanto, a confundirla con la idea, tomando ésta de buena fe por la cosa misma.(Aquí expresa la teoría de los sensualistas ingleses del siglo XVII, cercana a la filosofía fenomenológica.) En suma, nuestro prurito vital de realismo nos hace caer en una ingenua idealización de lo real...(!) Porque ellas (las ideas) son, en efecto, irrealidad. Tomarlas como realidad es idealizar—falsificar ingenuamente... El pintor tradicional que hace un retrato pretende haberse apoderado de la realidad de la persona cuando, en verdad y a lo sumo, ha dejado en el lienzo una esquemática selección caprichosamente decidida por su mente, de la infinitud que integra la persona real.”(págs. 40-41). Aquí el cuadro del pintor realista (tal vez, del mismo que presenció la escena de la muerte en la página 21) representa no más que su idea sobre la realidad y no la realidad misma. “La realidad humana”, “la realidad del pintor” y “la del psicólogo” o de quienquiera, todas son ideas nomás, por eso no es posible ninguna “inversión inhumana” que se atribuye al arte nuevo.    

Partiendo del texto de Ortega, hemos establecido lo siguiente: una obra de arte es (o puede ser) un signo, cuyo referente es la realidad vivida. “En vez de realidad vivida, podríamos decir realidad humana.”(pág. 24) Tenemos un equilibrio matemático a resolver: hay dos tipos de arte que se diferencian muchísimo, pero todavía no sabemos en qué aspecto, a pesar del sociológico; y hay también tres tipos conocidos del signo, que se diferencian entre sí en la expresividad y en su actitud respecto al referente, que es la realidad. Si la idea de Ortega es justa y las dos artes se desigualan ante todo en su actitud a la realidad (humana), entonces, deberían de corresponder a diferentes tipos del signo.

 

5. “El arte nuevo” como simulacro.

 

Cree el vulgo que es cosa fácil huir de la realidad,

                                               cuando es lo más difícil del mundo.”

José Ortega y Gasset

“La deshumanización del arte”

 

¿Qué significa la expresión “el arte artístico”? Lo mismo que “la lengua lingüística”, es decir, un metalenguaje creado para que la lengua sea capaz de interpretar a sí misma. ¿Qué significa “la sensibilidad estética”? Por lo visto, es una sensibilidad que se manifiesta sensible a un sentimiento cualquiera, que se despierta al sentir que se siente algo y redobla el sentimiento, siendo “el sentimiento del sentimiento”. Pues, bien, por ahora, lo dejamos.

El arte nuevo, como confiesa Ortega, resulta ser ininteligible para la mayoría de la gente, y por eso no consigue suscitar en el público ninguna emoción humana, dejándoles indiferentes a “los burgueses”. Él mismo establece la condición, cuándo es ininteligible algo:”Si no hubiese alguien que viviese...”, etc.(pág. 24) ¿Es que el arte nuevo, como signo, no tiene ningún referente? O, más bien,¿es que su referente no es el mismo que el de los demás sistemas semiológicos?¿Tal vez, el arte nuevo no significa nada y no corresponde a ningún tipo conocido del signo?¿Posee el arte joven un nuevo “régimen poético”, es decir, un lenguaje expresivo convencional, en absoluto?

A establecer el referente del “arte nuevo” nos ayudará el análisis comparativo de los dos tipos de arte, que emprende José Ortega y Gasset en el capítulo siguiente. Atrae nuestra atención al que ”al comparar un cuadro a la manera nueva con otros de 1860... pronto se advierte que el artista de 1860 se ha propuesto ante todo que los objetos en su cuadro tengan el mismo aire y aspecto que tienen fuera de él, cuando forman parte de la realidad vivida o humana. Es posible que, además de esto, el artista de 1860 se proponga muchas otras complicaciones estéticas; pero lo importante es notar que ha comenzado por asegurar este parecido. Hombre, casa, montaña son, al punto, reconocidos... Por el contrario, en el cuadro reciente nos cuesta trabajo reconocerlos. El espectador piensa que tal vez el pintor no ha sabido conseguir el parecido. Mas también el cuadro de 1860 puede estar “mal pintado”, es decir, que entre los objetos del cuadro y esos mismos objetos fuera de él exista una gran distancia, una importante divergencia.( La fecha y la descripción nos dicen, que se trata, por lo visto, del impresionismo.) Sin embargo, cualquiera que sea la distancia, los errores del artista tradicional señalan hacia el objeto “humano”... En el cuadro reciente pasa todo lo contrario: no es que el pintor yerre y que sus desviaciones del “natural” (natural = humano) no alcancen a éste, es que señalan hacia un camino opuesto... Lejos de ir el pintor más o menos torpemente hacia la realidad, se ve que ha ido contra ella.”(págs. 26-27) Este pasaje nos permite equiparar el tipo de arte que Ortega llama “tradicional” con todo el arte figurativo, sea realista o impresionista. A diferencia de éste, el arte nuevo “se ha propuesto denodadamente deformarla (la realidad), romper su aspecto humano, deshumanizarla.”(pág. 27) ¿Es que el arte nuevo por intención se deshace de su referente, tratando de disimularlo debajo de una cifra sofisticada, como es posible deducir del texto de Ortega, o, como la letra temblante de un anciano, degenerando, se hace más y más ilegible, y por eso mismo más y más ininteligible? No; parece, que está proyectando un mundo nuevo independiente, que es irreal e irracional. Aquí tenemos el testimonio del filósofo español:”Con las cosas representadas en el cuadro nuevo es imposible la convivencia... Nos deja encerrados en un universo abstruso (es decir, de difícil comprensión), nos fuerza a tratar con objetos con los que no cabe tratar humanamente. Tenemos que improvisar (o inventar; el que interpreta el arte nuevo, también inventa, como su autor, por eso se supone que posee “la sensibilidad artística” en grado igual) otra forma de trato por completo distinto del usual vivir las cosas; hemos de crear e inventar actos inéditos que sean adecuados a aquellas figuras insólitas. Esta nueva vida, esta vida inventada previa anulación de la espontánea, es precisamente la comprensión y el goce artísticos. No faltan en ella sentimientos y pasiones, pero evidentemente... pertenecen a una flora psíquica muy distinta de la que cubre los paisajes de nuestra vida primaria y humana.”(pág. 27) Junto con una de las características del arte nuevo, aquí tenemos a nuestra disposición una “diagnosis” de la nueva “sensibilidad”. Desgraciadamente, tampoco especifica “sentimientos y pasiones” por cuales se manifiesta; cuanto más Ortega insiste en el aspecto estético (es decir, sensual) de la “nueva sensibilidad”, tanto más nos hace pensar en que se trata de una actitud puramente intelectual, mental, tal vez psíquica o psicopatológica, pero de ninguna manera estética; por más que se hable de “la estricta fruición estética”(pág. 17), “elementos estrictamente estéticos”(pág. 18), “sentimientos específicamente estéticos”(pág. 27), no podemos sentir ni especificar estos sentimientos a base de estas definiciones. Lo que podemos es imaginar que sentimos algo incierto. Unas cuantas páginas después, Ortega y Gasset tiene que reconocer, por fin, que la “sensibilidad nueva” no es una emoción, sino un fenómeno de índole intelectual de acuerdo con la misma filosofía del arte nuevo:”El arte no puede consistir en el contagio psíquico, porque éste es un fenómeno inconsciente y el arte ha de ser todo plena claridad, mediodía de intelección. El llanto y la risa son estéticamente fraudes... El placer estético tiene que ser un placer inteligente... Realidades vividas... nos sobrecogen, suscitan en nosotros una participación sentimental que impide contemplarlas en su pureza objetiva.”(págs. 31-32) Esta actitud mental “inteligente”, recomendada al público respecto al arte nuevo, nos convence de su capacidad de ser significante, de ser un signo en plena potencia comunicativa, lo que presupone, entre tanto, la existencia de un referente real. Pero “las formas propiamente artísticas, las irrealidades, la fantasía” (pág. 16), “esos ultra-objetos, figuras de todo originales” del arte nuevo parecen solamente “realizar lo irreal en cuanto irreal”(pág. 41), siendo “cosa sin transcendencia alguna”(pág. 21). Entonces,¿es que el arte nuevo, como signo, se refiere a una realidad inexistente, o de otras palabras, a una irrealidad?¿O tal vez su referente real es de alguna manera invisible, lo que impide a la mayoría de la gente reconocerlo inmediatamente y les molesta a comprender la obra nueva?¿En qué, entonces, consiste su expresividad? 

Aunque Ortega defiende el punto de vista, según el cual “el cuadro, renunciado a emular la realidad, se convertiría en lo que auténticamente es: un cuadro—una irrealidad”(pág. 41), le podemos replicar con sus propias palabras, que en cuanto el arte nuevo “realice lo irreal”, entonces, lo irreal ya no es irreal sino absolutamente real, como que ha sido hecho real, realizado por el cuadro. De ese modo, la así llamada “irrealidad” tiene su propia forma de existencia, que es “el arte nuevo”. Resulta, que el único referente real posible (que es también “invisible”, disimulado, como “la letra robada” en la novela del mismo título de E.A.Poe, en un lugar más expuesto) del arte nuevo es ¡el arte nuevo mismo! De esto proviene su extrema expresividad: el arte nuevo como signo es un índice de su propia presencia espacial y temporal, es decir, de su realidad propia. Y “las irrealidades” y “la fantasía”, ¿qué otra cosa son, sino el arte?¿Acaso el arte no es un mundo imaginario, creado por la invención humana? “La irrealidad”, entonces, es una cosa artificial que le sirve de máscara al arte nuevo. Aquí descubrimos la “inhumana” inversión en la naturaleza del signo, realizada por el arte nuevo: el significante (el arte como tal) y el referente (la realidad representada) cambian de lugares, y  el nuevo significante resulta ser la realidad representada (la del arte nuevo), mientras que el nuevo referente es el antiguo significante del arte tradicional: el arte nuevo mismo. Después de este cambio esencial,¿es el arte nuevo un signo todavía? Sí, pero a diferencia del arte tradicional es un signo autoreferente: se representa a sí mismo, y de este punto de vista de veras es “un arte artístico”. Como vemos, la intuición de Ortega no falló. Además, el arte nuevo es un signo sin significado, como lo explica a su manera Ortega:”Un cuadro, una poesía donde no quedase resto alguno de las formas vividas serían ininteligibles, es decir, no serían nada, como nada sería un discurso donde a cada palabra se le hubiese extirpado su significación habitual.”(pág. 24) Esa equiparación del cuadro a un discurso justifica nuestra interpretación del arte a través del signo. Es obvio que el arte joven carece de sentido, lo mismo que de sentimientos:”En la centuria romántica... el poeta quería siempre ser un hombre... pero creo que el poeta joven, cuando poetiza, se propone simplemente ser poeta... El poeta empieza donde el hombre acaba... Mallarmé fue el primer hombre del siglo pasado que quiso ser un poeta... Esta poesía no necesita ser “sentida”, porque, como no hay en ella nada humano, no hay en ella nada patético. Si se habla de una mujer es de la “mujer ninguna”, y si suena una hora es “la hora ausente del cuadrante”.”(págs. 34-35)         

Además de su autoreferencia, Ortega y Gasset varias veces subraya el carácter analítico de la nueva creación artística. Las tendencias analíticas aparecieron en el arte ya en el siglo XIX con Cézanne, Mallarmé y Debussy, aunque en el caso del impresionismo todavía no se trataba de un análisis del arte por el arte, sino de un análisis geométrico de la realidad representada. “La forma primitiva de una manzana es la que ésta posee cuando nos disponemos a comérnosla. En todas las demás formas posibles que adopte — por ejemplo, la que un artista de 1600 le ha dado, combinándola en un barroco ornamento, la que presenta en un bodegón de Cézanne, o en la metáfora elemental que hace de ella una mejilla de moza — conserva más o menos aquel aspecto original.”(pág. 24) La similitud, que Ortega discubre entre la pintura nueva y la geometría y entre la poesía nueva y el álgebra superior, como vemos, no es casual:”¿Por qué el artista siente horror a seguir la línea mórbida del cuerpo vivo y la suplanta por el esquema geométrico? Todos los errores y aun estafas del cubismo no oscurecen el hecho de que durante algún tiempo nos hayamos complacido en un lenguaje de puras formas euclidianas.”(pág. 43)¿Qué significa esta dirección del arte nuevo al lenguaje de “puras formas euclidianas”, de colores puros, de notas extraídas de la tonalidad, de vocales y consonantes más allá del sentido de las palabras, de metáforas fuera del contexto poético? Sin duda alguna, no es otra cosa que un detallado análisis formal de los medios técnicos y expresivos, emprendido por el arte en los siglos XIX-XX. “Es, en verdad, sorprendente y misteriosa la compacta solidaridad consigo misma que cada época histórica mantiene en todas sus manifestaciones. Una inspiración idéntica, un mismo estilo biológico pulsa en las artes más diversas.”(pág. 12)    

Según observa Ortega, el arte nuevo, a pesar de su diversidad, representa un movimiento unánime y racional:”El arte nuevo es un hecho universal. Desde hace veinte años, los jóvenes más alerta de dos generaciones sucesivas—en París, en Berna, en Londres, Nueva York, Roma, Madrid—se han encontrado sorprendidos por el hecho ineluctable de que el arte tradicional no les interesaba...(Acuérdese de la reacción del burgués, cuyo sentimiento estético, según Ortega, equivale a su interés por la obra nueva.) Y pronto he advertido que germina en ellos un nuevo sentido del arte, perfectamente claro, coherente y racional. Lejos de ser un capricho, significa su sentir el resultado inevitable y fecundo de toda la evolución artística anterior.”(págs. 19-20)

¿Es verdad que “el arte artístico” o, como lo podemos definir ahora, el arte autoreferente analítico formal, es una etapa inevitable en la evolución artística?¿Por qué a cierto punto del desarrollo de un sistema semiológico aparece un metasistema (o un metalenguaje) como resultado de la racionalización incontenible de los elementos irracionales de este sistema: elemetos, que son su material constructivo, su cuerpo y su materia?

 

 

 

 

 

6. La devaluación del signo y la escasez del sentido.

 

Cada estilo que aparece en la historia puede engendrar

                                                              cierto número de formas diferentes dentro de un tipo

genérico. Pero llega un día en que la magnífica cantera

                                                              se agota.”

José Ortega y Gasset

“La deshumanización del arte”

 

La indeferencia del burgués respecto al arte nuevo, cualquiera que sea su razón, es una señal alarmante de una profunda crisis de los medios expresivos del arte. Es de notar, que los artistas de la generación nueva, reiterados por Ortega, la interpretan como una “crisis de la sensibilidad humana”. El arte joven prepara una gran provocación para el “gusto burgués”, afectado por un incurable desinteresamiento en el arte contemporáneo. Sin embargo, ¿es el arte nuevo que no le interesa al burgués, o más bien es el arte tradicional que le deja indiferente? A ver:”Cuando a uno no le gusta una obra de arte, pero la ha comprendido, se siente superior a ella y no ha lugar a la irritación. Mas cuando el disgusto que la obra causa nace de que no se la ha entendido, queda el hombre como humillado, con una oscura conciencia de su inferioridad que necesita compensar mediante la indignada afirmación de sí mismo frente a la obra.”(pág. 14) En este párrafo podemos ver, como en un espejo, la situación verdadera acerca del arte a fines del siglo XIX y a principios del siglo XX. Lo que pasa en realidad es que el burgués, un ser socialmente privilegiado, “se siente superior” al arte que él logra comprender: es decir, al arte tradicional. También se siente superior al artista tradicional, la cual superioridad se manifiesta por indeferencia completa a sus obras. Para un artista tradicional (que por su posición social baja no puede ignorar al ignorante del burgués) hay sólo una salida de dos: o morirse de hambre, o volver a conquistar el interes del burgués cueste lo que cueste. El burgués se aburre; el artista nuevo está aquí a su disposición para entretenerle. ¿Qué es lo que quiere el burgués? Se supone que ya no hay nada en el mundo, que le pueda asombrar de verdad: es extremamente rico y extremamente insensible, “ciego y sordo”. Dicho de otra manera, poco a poco se inclina a la perversión. El arte nuevo, aparentemente muy antiburgués, corresponde (o trata de corresponder) a las exigencias de la burguesía, las que podemos cualificar como “masoquistas” (si es verdad que la estética nueva les insulta a los burgueses), o como “progresistas”: su capricho es ser propietarios de todo lo moderno, nuevo, joven, último, que está de moda, etc. “La sensibilidad nueva” también está modelada a la sazón burgués: es ajena a los sentimientos humanos, tales como compasión; es una estética de la anémica “belleza pura” y del placer, que no es más que una mitad de una estética. El burgués la acepta con facilidad: aunque no entienda el lenguaje poético del arte nuevo, nunca será capaz de confesarlo a sí mismo. Su reacción al desafío “intelectual” del arte nuevo es muy parecida a la reacción hipócrita del joven Rey, engañado por dos sastres pícaros en un cuento famoso de Hans Kristian Andersen: el Rey finge de vestir el vestido, “hecho de la tela más fina del mundo”, que no pueden ver los que son tontos (no poseen “la sensibilidad nueva”). Entonces, para disimular su “tontería”, todo el mundo finge ver el vestido inexistente, elogiando la maestría de los sastres y describiendo la hermosura de la tela con elocuencia e ingeniosidad extraordinarias. Sólo un niño inocente en la multitud del pueblo le grita al Rey que está desnudo. El arte deshumanizado, de hecho, es un arte aburguesado, como lo denomina Salvador Dalí en su libro “Sobre el arte moderno”, comentando:“El deseo erótico significa la derrota de la estética intelectualista. Donde la Venus lógica se desvanece, aparece la Venus de mal gusto, “Venus de pieles”. A propósito, el célebre pintor español era el enemigo más encarnizado y el crítico más original y perspicaz de la estética modernista.

A pesar de que el surgimiento del arte nuevo tuvo, “como todo en el mundo”, las razones económicas, no nos van a interesar tanto. De mayor importancia es probar que la crisis del “régimen poético” tradicional tuvo sus causas intrínsecas, que a su vez son propias de cualquier sistema semiológico. Apoyándome en el texto de Ortega, logré encontrar dos causas de la crisis de los medios expresivos del sistema semiológico, que son:      

 

a) la semiotización total.

 

Aparece ya con el idealismo platónico, que proclama las cosas “sombras” de sus ideas universales. De ese modo el objeto se hace un signo, cuyo referente es no la realidad, sino la idea que tenemos de este objeto. Por primera vez la realidad actua como significante, y de referente le sirve un mundo imaginario de ideas. Los objetos reales se convierten en simulacros, cuya existencia es posterior y secundaria respecto a la de sus ideas. Como que cada objeto es un signo de su idea, el mundo resulta ser completamente semiotizado, es decir, representado como un sistema semiológico cerrado universal. Tal vez, esto será resultado de cualquier “explicación total” del mundo, con la cual la racionalidad humana llega a su apoteosis y a su límite a la vez. “La explicación total” significa, que un lenguaje acaba de establecer una relación constante con la realidad, que se ha elaborado un código universal que explica, cualifica y categoriza lo todo, y ya no queda espacio para los signos nuevos, porque no hay cosa a la que puedan ser aplicados; entonces, no hay necesidad de su creación. La existencia humana está semiotizada totalmente, de modo que el sistema semiológico es capaz de reemplazar la primera realidad porque es más informativo, de más relevancia para vivir, y se percibe entonces como más real que la realidad misma. El mundo se convierte en un mundo virtual de signos. En “La biblioteca de Babel” Borges describe a un mundo así, creado por un sistema semiológico de veinticinco signos solamente, cuyas posibilidades expresivas y significativas son inmensas (desde el punto de vista formal; en realidad la mayor parte de la Biblioteca es un basurero de combinaciones absurdas de signos sin significado alguno), y cuya realidad ha degenerado hasta convertirse en una pesadilla. Un signo sin referente no puede significar nada, es simplemente ininteligible; y como que el referente mismo está hecho un signo, nada puede tener significado.   

Ortega se refiere a la misma situación, cuando escribe:”Cada una de las artes maneja un aparato proyector que aleja jas cosas y las transfigura... Cuando falta esa desrealización se produce en nosotros un titubeo fatal: no sabemos si vivir las cosas o contemplarlas. Ante las figuras de cera todos hemos sentido una peculiar desazón. Proviene ésta del equívoco urgente que en ellas habita y nos impide adoptar en su presencia una actitud clara y estable. Cuando las sentimos como seres vivos nos burlan descubriendo su cadavérico secreto de muñecos, y si las vemos como ficciones parecen palpitar irritadas. No hay manera de reducirlos a meros objetos. Al mirarlas, nos azora sospechar que son ellas quienes nos están mirando a nosotros. Y concluimos por sentir asco hacia aquella especie de cadáveres alquilados. La figura de cera es el melodrama puro. Me parece que la nueva sensibilidad está dominada por un asco a lo humano en el arte muy semejante al que siempre ha sentido el hombre selecto ante las figuras de cera... El melodrama llega en Wagner a la más desmesurada exaltación. Y como siempre acaece, al alcanzar una forma su máximo se inicia su conversión en la contraria.(!!!)”(pág. 33).

En un sistema semiológico cerrado, cada uno de sus signos resulta ser motivado por la totalidad de sus demás signos, y esta motivación autónoma se hace más importante para el funcionamiento del sistema en general que la motivación propia de cada uno de los signos fuera del sistema. La motivación autónoma refleja las relaciones sistemáticas dentro del propio sistema semiológico, y no dentro de la realidad, a la cual se refiere. El sistema semiológico se convierte en un sistema en sí, que tiene pocas cosas que ver con la realidad (por ejemplo, la escolástica medieval interpretaba la realidad según sus propios principios jerárquicos, la cual interpretación era muy distante de la realidad que conocemos hoy día). El deseo de conservar el sistema cerrado hace imposible su desarrollo. El sistema semiológico, entonces, se convierte en un sistema autoreferente, igual que el signo se hace “un signo de un signo”.”De pintar las cosas se ha pasado a pintar las ideas: el artista se ha cegado para el mundo exterior y ha vuelto la púpila hacia los paisajes internos y subjetivos.”(pág. 41). Los “ultra-objetos” del arte nuevo se igualan en irrealidad con los demás objetos, que han perdido su realidad y se han convertido en simulacros. Para conseguir mayor expresividad, el artista joven tiene que dejar de representar las cosas reales, que ya son inexpresivas por su desdicha de ser reales, ya que pertenecen a una realidad totalmente semiotizada. Al artista joven se le parece más realista representar la realidad nueva, la de ideas y signos autoreferentes, que es una realidad en sí más allá de la realidad primera: es, por excelencia, la propia realidad ideal de la mente humana, que reemplaza a la realidad “espontánea” de los sentimientos. El arte nuevo resulta ser un encefalograma de la época modernista.   

 

b) el carácter irracional del signo.

 

Ya en la época del postmodernismo muchos se han fijado en que la racionalidad humana está basada en un hecho de naturaleza irracional: en la capacidad de nuestra mente tomar una cosa por otra. “Es verdaderamente extraña la existencia en el hombre de esta actitud mental que consiste en suplantar una cosa por otra”, escribe Ortega.(pág. 37) Este aspecto irracional del signo lo pondera en su ensayo más de una vez, y, a mi juicio, es el segundo tema de “La deshumanización del arte” según su importancia y el primero según su análisis detenido, aunque disperso, que nos ofrece el texto. El motivo del signo bilateral aparece ya en el segundo capítulo:”Se trata de una cuestión de óptica sumamente sencilla. Para ver un objeto tenemos que acomodar de una cierta manera nuestro aparato ocular. Si nuestra acomodación visual es inadecuada no veremos el objeto o lo veremos mal. Imagínese el lector que estamos mirando un jardín a través del vidrio de una ventana. Nuestros ojos se acomodarán de suerte que el rayo de la visión penetre el vidrio, sin detenerse en él, y vaya a prenderse en las flores y frondas. Como la meta de la visión es el jardín y hasta él va lanzado el rayo visual, no veremos el vidrio, pasará nuestra mirada a su través, sin percibirlo. Cuanto más puro sea el cristal menos lo veremos.( Esta frase, refiriéndose al problema de la convencionalidad del arte y al de la observación necesaria de las leyes artísticas formales, se opone a la opinión posterior de Ortega sobre el arte realista tradicional. Afirma, que no podemos ver la pureza del cristal sin ver el jardín; y si podemos ver el cristal resulta que no es puro: “el cristal” = el significante, el arte; “el jardín” = el referente, la realidad.) Pero luego, haciendo un esfuerzo, podemos desentendernos del jardín y, retrayendo el rayo ocular, detenerlo en el vidrio. Entonces el jardín desaparece a nuestros ojos y de él sólo vemos unas masas de color confusas que parecen pegadas al cristal. Por tanto, ver el jardín y ver el vidrio de la ventana son dos operaciones incompatibles: la una excluye a la otra y requieren acomodaciones oculares diferentes.”(pág. 17). Luego encontramos una comparación aún más precisa:”lo mismo que el ojo al mirar no se ve a sí mismo”(pág. 40), que se parece muchísimo a la idea expresada por Foucault en su artículo sobre “La historia del ojo” de Bataille. A continuación Ortega, en efecto, se contradice a sí mismo, insistiendo que la condición imprescindible de que el goce artístico sea posible es ver el vidrio y no el jardín:”Pero es el caso que el objeto artístico sólo es artístico en la medida en que no es real. Para poder gozar del retrato ecuestre de Carlos V, por Tiziano, es condición ineludible que no veamos allí a Carlos V en persona, auténtico y viviente, sino que, en su lugar, hemos de ver sólo un retrato, una imagen irreal, una ficción. El retratado y su retrato son dos objetos completamente distintos: o nos interesamos por el uno, o por el otro. En el primer caso, “convivimos” con Carlos V; en el segundo, “contemplamos” un objeto artístico como tal.”(pág. 18). A mí esta conclusión me parece injusta. De principio, uno que está “conviviendo” con Carlos V “en persona, auténtico y viviente” tiene que estar en un manicomio: ¿cómo, entonces, “la mayoría”, a la cual se atribuye esta actitud, sigue siendo cruda? No es que vemos en el retrato a Carlos V y creemos en su realidad; es que de principio sabemos que es irreal, y precisamente el que es irreal nos permite verlo como si fuera real. El objeto artístico, de hecho, no sería artístico, si le tomáramos por reales al rey y a su caballo. Pero tampoco sería artístico si no pudiéramos saber en absoluto, qué cosa está representada en el cuadro. En este caso, el arte más “puro” y “artístico” sería el arte infantil o primitivo, y el de Tiziano no valdría un pepino. En realidad, no podemos distinguir entre el “Carlos V retratado” y “el retrato de Carlos V”, y gracias a esa imposibilidad percibimos a Carlos V como real e irreal a la vez, lo que es, sin duda, absurdo. Necesitamos nuestra imaginación para “dar vida” a una ficción de la vida; entonces, ¿qué necesitaríamos para imaginar que cierto objeto pertenece a nuestra imaginación? Tal vez, estar vivos. Según una de las definiciones de Ortega, el arte nuevo es un “arte corporal”(pág. 51). Después veremos, que la dicotomia “razón / cuerpo” es esencial para comprender la diferencia entre el arte “joven” (en el sentido el “de los jóvenes”) y el arte “viejo” (el “de los viejos”). En suma, para seguir siendo crudos, tenemos que ser locos, y al revés.

¿Qué consecuencias tiene eso para la pragmática del signo? Resulta que para comprenderlo no basta con percibirlo: hace falta saber de antemano, que es un signo y representa algo completamente distinto de lo que es; que además del significante existe un significado, y que se refiere a una cosa real. Pero,¿cómo es posible saber esto? Siempre percibimos sólo un aspecto del signo: ora significante, ora significado; ora vidrio, ora jardín. ¿Cómo podemos enterarnos, de que entre el vidrio y el jardín hay una conexión significativa, que es inexplicable, arbitraria, casual? Simplemente tenemos que creerlo. Antes de percibir el sentido, tenemos que creer, que lo hay. ¿De dónde se sabe esto? De que el signo es un signo. ¿Por qué es un signo? Porque tiene un sentido, etc.

Así que la conexión entre el signo y el significado es de carácter arbitrario. Por ejemplo, si olvidamos, que la letra “a” se lee como “a”, no hay nada en el signo gráfico “a” que nos pueda recordar, cómo hace falta pronunciarlo. Hay algo que es aún peor: no hay nada en el signo de la “a” que nos recuerde que necesita ser leído, es decir, que se refiere al fenómeno acústico del sonido. Resulta que si no la pronunciamos y no oímos a nadie pronunciarla, no tendremos clave ni para reproducirla, ni para entenderla. Tal vez, existe algún método matemático (de los que interesaban mucho a Borges y fomentaban su pasión por la numerología hebraica) que permite descifrar el significado de un sistema semiológico cerrado; el mismo Borges creía, a lo mejor, que si el mundo puede ser interpretado en números (“Funes el memorioso”), entonces, es un sistema semiológico cerrado artificial, es decir, tiene sentido y es creación de Dios. No obstante, la existencia del “sentido universal” también sigue siendo la cuestión de creer o no creer en ella. La existencia de los números irracionales, por ejemplo, puede ser argumento ambiguo de existencia o no-existencia de Dios con idéntica veracidad. De todos los modos, el carácter irracional del signo es una bomba latente, con la cual está cargado cada sistema semiológico. Para evitar el efecto destructivo de su silenciosa explosión hace falta montar un sistema de seguridad: sistema de motivaciones independientes para cada uno de los signos del sistema semiológico, como lo hace la escritura ideográfica. O, como lo hizo Borges y como lo hacen la jerga, o la cifra, o la lengua oral con la lengua escrita, equiparar dos sistemas semiológicos de tal manera, que a cada elemento de uno corresponda un determinado elemento del otro, lo que siempre equivale a inventar una lengua más, que a su vez es indescifrable. O construir sólo un sistema semiológico a manera de un espejo, dividiéndolo en dos partes simétricas y estableciendo conexiones entre ellas, como lo hace el ajedrez: la existencia del alférez blanco presupone la existencia del alférez negro, etc. Entonces, basta poseer sólo uno de los elementos (signos) del sistema para deducir la forma y el significado de todos los demás (vea “El Aleph” y la leyenda del pájaro Simurg): por una sola letra se puede reconstruir el texto, y por un texto todos los demás textos, etc. Desgraciadamente, cada uno de estos proyectos es una utopía. Ningún sistema semiológico no es inteligible por sí mismo, sin la participación activa del intelecto humano. El sentido no es inmortal. El intelecto tampoco. La inmortalidad de los signos no existe: es una especie de la máquina del tiempo o del perpetuum mobile.

A diferencia del arte tradicional, el problema que intenta resolver el arte nuevo no es “¿qué pintar?” o “¿de qué escribir?”, sino “¿cómo pintar?” y “¿cómo escribir?”. ¿Qué importa de qué escribir, si el sentido de lo escrito no es absoluto?¿Acaso hay dos personas que lo entienden de manera igual? “En vez de gozar del objeto artístico, el sujeto goza de sí mismo; la obra ha sido sólo la causa y el alcohol de su placer. Y esto acontecerá siempre que se haga consistir radicalmente el arte en una exposición de realidades vividas.”(pág. 32). El sentido como tal no es una propiedad objetiva de la obra, sino la facultad subjetiva de su lector, espectador o locutor, que en todos los hombres es diferente, porque depende de la habilidad interpretativa de cada uno. Basta que la obra sea un motivo para hacerme ilusión que la comprendo:”La alegría del borracho es ciega; tiene, como todo en el mundo, su causa: el alcohol, pero carece de motivo. El favorecido con un premio de la lotería también se alegra, pero con una alegría muy diferente; se alegra “de” algo determinado. La jocundia del borracho es hermética, está encerrada en sí misma, no sabe de donde viene y, como suele decirse, “carece de fundamento”. El regocijo del premiado, en cambio, consiste precisamente en darse cuenta de un hecho que lo motiva y justifica.”(pág. 32). Entre el significante y el significado, entre la forma y el contenido se abre un abismo:“La obra romántica provoca un placer que apenas mantiene conexión con su contenido.¿Qué cosa tiene que ver la belleza musical — que debe ser algo situado allá, fuera de mí, en el lugar donde el sonido brota — con los derretimientos íntimos que en mí acaso produce?¿No hay aquí un perfecto quid pro quo?”(pág. 32) La forma “se purifica”, se deshace del contenido tradicional, se libra de “la influencia negativa del pasado”, y el arte nuevo resulta ser el arte puramente formal, o “de formas puras”.“Vida es una cosa, poesía es otra — piensan o, al menos, sienten (los poetas jóvenes). No las mezclemos.”(pág. 35)

La tendencia analítica del arte nuevo avanza en dos direcciones: una, instigada por el fenómeno de la semiotización total, equivale al método que Ortega llama “el  suprarrealismo”: consiste en analizar el referente (la realidad) para separar lo subjetivo de lo objetivo y representar uno de ellos como la única verdad posible; es característico de la pintura (cubismo), de la música (Debussy, Skriabin), de la poesía (simbolismo, Mallarmé), de la prosa (Proust) — los ejemplos son los más elocuentes. Otro método analítico es “el infrarrealismo” y consiste en un esfuerzo de racionalizar el signo: es cuando se obstina en analizar el significante, o la forma, hasta los pormenores; su resultado es la creación de nuevas formas, “ultra-objetos”, etc.; se manifiesta en la pintura (dadaísmo, abstraccionismo, expresionismo), en la poesía (Verlaine, expresionismo alemán, futurismo), en la prosa (Joyce), en la arquitectura (Gaudí), en la música (música dodecafónica). Los iconos (pintura, arquitectura) tienden a transformarse en símbolos (a librarse de motivación, suprarealismo) e índices (a hacerse más motivados, infrarealismo); los símbolos (palabra, sonido musical) tratan iconizar (representar directamente; infrarealismo) o indicar (ser directamente representados; suprarealismo). De manera que “la estética” y los métodos del modernismo están totalmente sometidos a una fórmula simple:”El placer estético tiene que ser un placer inteligente.           

 

 

 

7. ¿Qué es esto, “la deshumanización del arte”?.

 

¿Es, por ventura, asco a lo humano, a la realidad,

 a la vida, o es más bien todo lo contrario: respeto

                                                                    a la vida y una repugnancia al verla confundida

            con el arte?

José Ortega y Gasset,

“La deshumanización del arte”

 

Hemos registrado un hecho curioso: durante las dos primeras décadas del siglo XX las preguntas eternas “¿qué pintar?” y “¿de qué escribir?” dejan de ser eternas y se reemplazan por las preguntas “¿cómo pintar?” y “¿cómo escribir?”(para que después, a mediados del siglo XX, se realice un cambio más y sean transformadas por el existencialismo en las preguntas “¿para qué pintar?” y “¿para qué escribir?”, y por el postmodernismo en las preguntas “¿para quién pintar?” y “¿para quién escribir?”). ¿Cuál es la causa de este cambio tan esencial y tan brusco? De una vez reconocido que los dos tipos del arte que nos interesan son dos tipos del signo “arte”, o más bien dos modificaciones del sistema semiológico “arte”, ya no nos faltan razones para afirmar que “la continuidad” entre las dos épocas del arte consiste en el carácter semiológico del arte mismo: en su naturaleza, propia del signo. De otras palabras, no hay nada que sea absolutamente ininteligible en el arte. La crisis del arte tradicional se debe al colapso de sus propios medios expresivos. Sin embargo, ¿eran culpables de esta situación los artistas tradicionales, que un día empezaron a “pintar mal”, o era culpable el público, que el mismo día se mostró indiferente a su pintura?¿Es verdad que “el realismo” había sido condenado a un destino así ya antes de su aparición?¿Es verdad que “el siglo XIX ha bizqueado sobremanera; por eso sus productos artísticos, lejos de representar un tipo normal de arte, son tal vez la máxima anomalía en la historia del gusto. Todas las grandes épocas del arte han evitado que la obra tenga en lo humano su centro de gravedad. Y ese imperativo de exclusivo realismo que ha gobernado la sensibilidad de la pasada centuria significa precisamente una monstruosidad sin ejemplo en la evolución estética.”?(pág. 30)       

En la situación, cuando las pasiones se suscitan a un nivel tan alto, nos vemos obligados a domarlas con “ejemplos de monstruosidad” que estamos dispuestos a encontrar en la “historia del gusto”, para probar lo contrario: las grandes épocas del arte no eran las del arte deshumanizado. Tampoco hubo “grandes épocas del arte”: hubo gran arte y también épocas históricas que favorecían a su desarrollo. La historia sociológica del arte es una cosa completamente distinta de su historia “artística”, la de sus corrientes, medios expresivos, técnicas, géneros, ideas y creadores. La crisis del arte tradicional a comienzas del siglo XX no se debe a ningunos cambios en el estilo, en la técnica artística, en el contenido de las obras, en la maestría de los artistas. Opino que Courbet, por ejemplo, no es mucho peor que Rembrandt, ni sus obras son menos realistas que las del holandés. Lo que pasa con la pintura tradicional es que no pasa nada: sigue siendo la misma pintura que el público conoce desde hace siglos, pero parece que ya no la entiende más, aunque entienda los cuadros y tal vez “se siente superior” a ellos. Lo que ya no entiende más es el porqué del arte. ¿Para qué copiar la belleza natural? Es mucho menos lógico que afanarse por verla por sus propios ojos, o presumir de crearla “de la nada”(pág. 53), valiéndose sólo del intelecto humano. De todos los modos, era la sociedad burguesa la que desaprobó los valores estéticos del arte realista y lo privó de su valor significativo y de su significación para la sociedad.

¿Qué es lo que pasa de veras entre el arte y la sociedad, mejor dicho, entre el arte y la humanidad? En este capítulo le vamos a ofrecer al lector unas cuantas hipótesis que pretenden a explicar la relación entre el proceso de la evolución artística y el proceso de la evolución de la sociedad humana. De paso vamos a precisar la definición nueva de la deshumanización del arte:¿es, en efecto, la racionalización, como lo hemos demostrado en el capítulo anterior, o irracionalización, como lo considera Ortega? 

 

a) la hipótesis semiológica

 

El texto de Ortega registra tres maneras de cómo la sociedad humana reacciona a los signos recién aparecidos, que son (en nuestra terminología):

—”rechazar por comprender”:”Las viejas coletas que asistían a la representación de Hernani entendían muy bien el drama de Víctor Hugo y precisamente porque le entendían no les gustaba.”(pág. 14);”Baudelaire se complace en la Venus negra precisamente porque la clásica es blanca”(pág. 45).  

—“rechazar por no comprender”: ésta es, según Ortega, la reacción del burgués a la aparición del arte nuevo.

—“aceptar por comprender”:”El artista se sentirá afín con el pretérito y se percibirá a sí mismo como naciendo de él, heredándolo y perfeccionándolo”(pág. 45).

Es evidente la falta del cuarto tipo de reacción, que sería, entonces,“aceptar por no comprender”: actitud que parece absurda, pero muy correspondiente al modo burgués de recibir el arte nuevo, según lo hemos analizado nosotros. En suma: si el arte es un signo, puede ser inteligible o ininteligible para la sociedad. La sociedad puede rechazar el nuevo tipo de signo o aceptarlo. Las tendencias mayoritarias serán “rechazar por no comprender” y “aceptar por comprender”, y las minoritarias serán “rechazar por comprender” y “aceptar por no comprender”. Las dos últimas tendencias parecen ser irracionales. La primera se manifestó en la confrontación del romanticismo con el clasicismo; la otra, durante la invectiva del arte modernista contra el “arte tradicional”. Se trata, entonces, de “un choque o reacción química entre la sensibilidad original y el arte que se ha hecho ya”(pág. 44) en condiciones de una crisis de los medios expresivos del arte: el “antiguo régimen poético” ha logrado semiotizar y estructurar la realidad artística en grado tan extremo, que para que sea rechazado hace falta rechazar también la razón (“rechazar por comprender”), o descubrir una nueva realidad no semiotizada todavía (“aceptar por no comprender”).       

Insisto que el rechazo de la razón emprendido por los románticos es irracionalista y además “más revolucionario”, comparado con “el descubrimiento de la irrealidad” realizado por los modernistas. A la tendencia analítica del modernismo la llamaría más bien hiperracionalista. 

Es la misma tendencia que domina en las épocas del barroco y manerismo (siglo XVII, el apogeo del desarrollo técnico y científico de Europa), de la cultura elinista y romana (la cumbre del racionalismo clásico antiguo). La tendencia análoga a la romántica se revela en el período gótico (que derrotó a la cultura románica) y es fomentada por la irracionalidad de la mística cristiana. En lo que se refiere a las dos tendencias anteriores, “rechazar por no comprender” y “aceptar por comprender”, la primera corresponde a la tarea de “purificar” el arte de los elementos irracionales: cabe denominarla de antiirracionalista (esta tendencia la podemos atribuir al clasicisimo y al “realismo socialista”). La segunda, “aceptar por comprender”, es puramente racionalista, tal como lo fueron el arte griego clásico,  renacentista, realista del siglo XIX y el postmodernista del siglo XX (durante el cual era reinterpretada y “reaceptada” toda la evolución artística anterior). Este modelo representa la evolución del arte (con tal que es un sistema significativo) como una alteración cíclica de las cuatro tendencias: racionalista (el período de la síntesis de los elementos antiguos y nuevos, cuando los elementos antes irracionales se racionalizan y se convierten en racionales), hiper-racionalista (el período de la expansión de la racionalidad nueva), antiirracionalista (el período de “represiones” contra los elementos irracionales de “nueva generación”) e irracionalista (el período de la nueva explosión de lo irracional). Hace falta mencionar, que de “irracional” denominamos lo todavía inexplicado, lo “todavía ininteligible”, a diferencia de lo “absolutamente ininteligible”, de cuya existencia tenemos menos información que dudas.  

Según este modelo, el fenómeno de “la deshumanización del arte” es propio del período hiperracionalista—antiiracionalista, es decir, de las épocas elinista—bizantina (decaimiento de la cultura antigua), barroca—clasicista (decaimiento de la cultura renacentista), modernista—pseudorealista soviética y nazista (el testimoniado por Ortega decaimiento de la cultura “tradicional” del siglo XIX, acompañado de la desinterpretación de las filosofías marxista y nietzscheana). El proceso de “la humanización del arte” es propio del período irracionalista—racionalista, equivalente a las épocas prehistórica—clásica griega, gótica—renacentista, romántica—realista, absurdista y existencialista—postmodernista.               

Ad lectorem: no es propiamente “la periodización” de la historia del arte que nos interesa. Mucho mejor y más correcto sería hablar de “tendencias”, “corrientes”, “tipos de cultura” y no de “épocas”, porque casi siempre coexistían y nunca se sucedían una a otra, y no duraban un plazo determinado, sino aparecían y desaparecían millones de veces en millones de lugares del mundo durante toda la historia humana; pero a fuerza de que estamos bastante acostumbrados a percibir el aspecto temporal de los hechos como el más importante (lo que se debe a nuestra superstición progresista occidental), utilizo palabras “período” y “época” en su significado habitual.     

       

b) la hipótesis técnica formal.

 

Procede de la contraposición “carácter—estilo”, (semejante al dilema “¿qué?—¿cómo?”)  postulada por Ortega para diferenciar las maneras artísticas de los siglos XVIII y XIX:”el camino real del arte... se llama “voluntad del estilo”. Ahora bien: estilizar es deformar lo real, desrealizar. Estilización implica deshumanización. Y viceversa, no hay otra manera de deshumanizar que estilizar.(!) El realismo, en cambio, invitando al artista a seguir dócilmente la forma de las cosas, le invita a no tener estilo. ...El entusiasta de Zurbarán... dice que sus cuadros tienen “carácter”, como tienen carácter y no estilo Lucas o Sorolla, Dickens o Galdós. En cambio, el siglo XVIII, que tiene tan poco carácter, posee a saturación un estilo.”(pág. 30)

Dicho de otro modo: el artista que está imitando a la naturaleza, a la realidad, a la verdad, tiene “carácter”, y el que está imitando al arte (por lo visto, el de otros artistas), tiene “estilo”. En efecto, se trata de dos ocupaciones absolutamente distintas. Copiar a la naturaleza no es lo mismo que copiar a un maestro antiguo, aunque ambas actividades son tareas artísticas muy complicadas; Picasso, si no me equivoco, ha hecho dos copias de “Las meninas” de Velázquez: una a la manera propia, y otra a la manera propia del original. La primera tarea requiere una individualidad artística, provista de una independencia técnica absoluta (“carácter”), que se puede comparar con el oído absoluto del músico; la segunda requiere una maestría sobresaliente, igual que una abstracción completa de la personalidad y de la individualidad propias, que se aproxima a la tarea del actor teatral (“estilo”). La primera tarea necesita que el artista sea un Genio, y la segunda, que sea un Maestro. Esta tipología es posible gracias a una idealización deliberada: no hay ningún artista grande que pertenezca solamente a uno de los dichos tipos. Lo que importa es un equilibrio harmonioso entre las dos cosas, que son dos caras de la misma moneda. Goya dijo, que no reconocía otros maestros que Velázquez y la naturaleza. A su vez, es probable que la genialidad de Velázquez no se hubiera manifestado con tan esplendor sin la influencia de Rubens. El Genio prolifera donde y cuando hay abundancia de Maestros. No hubo en la historia del arte  épocas de “sólo Genios” o de “sólo Maestros”, sino épocas de innovaciones y de especulaciones técnicas. Así que podemos determinar éstas como las épocas “deshumanizadas”, y aquellas como las de la “humanización”.                        

El dualismo de técnica (estilo, instrumentario) y forma (material, estructura) es inmanente a cualquier obra de arte como artefacto, es decir, objeto artístico, fabricado a base de un material específico (lengua, sonidos musicales, lienzo, yeso) con ayuda de ciertos conocimientos profesionales (de la composición literaria o musical, de las leyes de perspectiva, de proporciones). Si analizamos el desarrollo del arte desde el punto de vista formalista, tenemos que interpretar su evolución como un proceso de acumulación de los conocimientos técnicos, y por otra parte como una continua generación, degeneración, regeneración y desaparición de las formas materiales correspondientes. En cuanto a la forma, hubo épocas, cuando dominaba la tendencia uniformista, y épocas de polimorfismo.

¿Cuál es la dependencia entre el desarrollo de la técnica y la génesis de las formas? Cualquier innovación técnica (verbigracia: técnica polifónica, el contrapunto) va llenando las formas ya existentes (la misa, el coral) hasta que alcance el máximo de su utilidad práctica (creo que existe un término económico parecido). Luego, los aspectos dominantes de la técnica nueva necesitarán ser expresados con mayor ponderación, y así van a engendrar nuevas formas expresivas (la tocata y la fuga, el concierto, el oratorio), más apropiadas para las nuevas posibilidades de expresión. En el proceso del desarrollo algunas de ellas serán aceptadas y reconocidas como canónicas junto con las formas tradicionales; su adaptación a las formas ya existentes (lo que implica unificación) posibilitará su uso práctico. Las formas nuevas rechazadas por la tradición existirán en la sombra del “régimen poético” tradicional hasta que “la magnífica cantera” de las posibilidades expresivas de este régimen se agote. Entonces, las tendencias nuevas van a derrocar la poética vieja y reemplazar los valores estéticos anticuados por los nuevos. No obstante, la última etapa del ciclo será la del equilibrio racionalista entre la estética “nostálgica” de ayer y la “de mañana”, que durará hasta la próxima innovación técnica. Durante el último etapa, determinadas formas artísticas exigirán una determinada técnica de reproducción.

De modo que tenemos aquí también cuatro tendencias generales (a partir de realizarse una innovación técnica) que son: “formalismo”(o tendencia “especulativa polimorfista”:el elinismo, el barroco, el modernismo), “utilización” (“especulativa uniformista”: el arte bizantino, clasicista, totalitario), “disimilación”(“innovativa uniformista”: el arte gótico, el romanticismo, el absurdismo) y “síntesis” (“innovativa polimorfista”: la Grecia antigua, el Renacimiento, el realismo, el postmodernismo).

 

c) la hipótesis biológica.

 

Es una que sostiene Ortega. Así expresa su opinión acerca de “la fisiología del arte”:”Todo el arte nuevo resulta comprensible y adquiere cierta dosis de grandeza cuando se le interpreta como un ensayo de crear puerilidad en un mundo viejo. Otros estilos obligaban que se les pusiera en conexión con los dramáticos movimientos sociales y políticos o bien con las profundas corrientes filosóficas o religiosas. El nuevo estilo, por el contrario, solicita, desde luego, ser aproximado al triunfo de los deportes y juegos. Son dos hechos hermanos, de la misma oriundez. En pocos años hemos visto crecer la marea del deporte en las planas de los periódicos, haciendo naufragar casi todas las carabelas de la seriedad. (En otro lugar:”el artista de ahora nos invita a que contemplemos un arte que es una broma, que es, esencialmente, la burla de sí mismo”, pág. 48; también describe el arte joven ”...como farsa, que triunfa de todo, incluso de sí mismo, a la manera que en un sistema de espejos reflejándose indefinidamente los unos en los otros, ninguna forma es la última, todas quedan burladas...”, pág. 49) El culto al cuerpo es eternamente síntoma de inspiración pueril, porque sólo es bello y ágil en la mocedad, mientras el culto al espíritu indica voluntad de envejecimiento, porque sólo llega a plenitud cuando el cuerpo ha entrado en decadencia. El triunfo del deporte significa la victoria de los valores de juventud sobre los valores de senectud. ...Hoy los chicos y las chicas se esfuerzan en prolongar su infancia y los mozos en retener y subrayar su juventud. No hay duda: entra Europa en una etapa de puerilidad. El suceso no debe sorprender. La historia se mueve según grandes ritmos biológicos. Sus mutaciones máximas no pueden originarse en causas secundarias y de detalle, sino en factores muy elementales, en fuerzas primarias de carácter cósmico. Bueno fuera que las diferencias mayores y como polares, existentes en el ser vivo — los sexos y las edades — no ejerciesen un influjo sobre el perfil de los tiempos. Y, en efecto, fácil es notar que la historia se columpia del uno a otro polo, dejando que en unas épocas predominen las calidades masculinas y en otras las femeninas, o bien exaltado unas veces la índole juvenil y otras la de madurez o ancianidad. El cariz que en todos los órdenes va tomando la existencia europea anuncia un tiempo de varonía y juventud. La mujer y el viejo tienen que ceder durante un período el gobierno de la vida a los muchachos, y no es extraño que el mundo parezca ir perdiendo formalidad.”(págs. 51-52).        

La hipótesis biológica es bastante fecunda en interpretaciones. Su prioridad, a mi juicio,  consiste en que establece una relación directa entre la determinación biológica del ser humano y el arte como uno de los tipos de su actividad. Registra dos tendencias: la tendencia corporal (juvenil, la de burla, de juegos y de deportes) y así llamada espiritual (senil, período del “arte serio del pasado”, de pasividad). Como ya hemos indicado, el “arte joven” también puede ser definido como “el arte de los jóvenes”, y el viejo, como “el arte de los viejos”. Esta transposición refleja la importancia del simple hecho biológico: los apologistas de las así llamadas tendencias artísticas antiguas son en su mayoría hombres de edad, gente con una enorme experiencia de la vida, por eso sus ideas sobre el mundo no carecen de contenido: no las pueden tomar como “ideas abstractas”. Además, no proclaman las ideas que aparecieron hace unos cincuenta años, en “otra época”, cuando eran todavía jóvenes; aún más, no defienden una “verdad” determinada, sino los principios de lo verdadero, los métodos de cómo encontrar la verdad y los criterios para reconocerla, que son herencia más importante de la civilización humana (”la verdad, cuya madre es la historia...”). Para aprenderlo, también necesitaban tiempo. En cambio, los jóvenes están burlándose de su seriedad (más bien para burlar la vejez como tal y olvidarse de la muerte): las ideas de los viejos para ellos son ideas nomás, que los jóvenes también poseen en abundancia. El arte joven es corporal, porque su instrumento, con el que todavía piensa y analiza la realidad, es el cuerpo, mientras que la razón humana es su material. A la razón la consideran una parte de la realidad solamente, igual a los demás objetos que por el momento les sirven de juguetes: hace falta romprelos primero para ver, qué hay dentro. El que junto con la razón se deforma también la realidad les parece aún más cómico que la vejez. A diferencia del arte nuevo, el arte tradicional “de los viejos” se vale de la razón como instrumento, y del cuerpo (realidad empírica, sensitiva) como material. No se trata, en general, de otra cosa que de las tendencias racional e irracional o, como dijo Nietzsche, apolónica y dionisíaca.

Es de notar que las ideas y los gustos de una generación alcanzan su más magna expresión en el período de la madurez de sus representantes, es decir, años después de su surgimiento y de las horas puntas de su efecto social.    

En lo que se refiere a los sexos, las tendencias “masculina” y “femenina” pueden corresponder distintos niveles del desarrollo de las fuerzas productivas de la sociedad. “El período masculino” equivaldría a una época del florecimiento de la producción y del progreso técnico y científico. La frase “la tendencia femenina” significaría, me imagino, algo relacionado con el placer sexual, con los instintos irracionales, con lo inconciente, tal vez, con el afán religioso. Entonces, valíendonos parcialmente de la hipótesis biológica de Ortega, podemos suponer la existencia de otras cuatro tendencias en la evolución del arte:”masculina juvenil”(hiperracionalista: el elinismo, el barroco, el modernismo), “masculina senil”(antiirracionalista: el bizantinismo, el clasicismo, el arte totalitario), “femenina juvenil”(irracionalista: el arte gótico, el romanticismo, el existencialismo) y “feminina senil”(racionalista: la Grecia antigua, el Renacimiento, el realismo, el postmodernismo).              

La simetría asombrosa de las tres hipótesis entre sí se debe a un sistema dialéctico de oposiciones que introduce cada una de ellas. El análisis que he ofrecido no es más que una recapitulación matemática que proyecta un esquema ideal de la evolución del arte (abajo). Así es nuestra lógica humana, así son sus métodos; de ninguna manera no quiero decir, que así son la vida y la realidad.

 

                          lo  Racional                    R  A  Z  Ó  N                     lo Irracional

                          lo  Viejo                         F  O  R  M  A                    lo Nuevo                          

 


                            La Grecia Antigua                                                           racionalismo

                                    

                                                                        formalismo

                  D E S H U M A N I Z A C I Ó N                                               

                                                                                      El Elinismo            hiperracionalismo

                                                                                      La cultura Romana           

                          La cultura Bizantina              utilización                                       

                          La cultura medieval                                                            antiirracionalismo

                      (siglos V-X)                               disimilación

                                                                       

                          H U M A N I Z A C I Ó N                 La cultura gótica    

                                                                                     (siglos XI-XIV)        irracionalismo      

                                                                                        

                            El Renacimiento                    síntesis                                 racionalismo

         T            (La Antiguedad nueva,            

                     siglos XIV-XVI)                          formalismo

    T   É                                                                       El Barroco       

                                                                                   El Manerismo             hiperracionalismo  

    I    C           D E S H U M A N I Z A C I Ó N       (siglo XVII)  

                                                                           utilización

    E   N                   El Clasicismo                                                                 antiirracionalismo         

                                 (siglo XVIII)                     disimilación

    M  I                                                                                 

                        H U M A N I Z A C I Ó N                   El Romanticismo   

    P   C                                                                       (siglos XVIII-XIX)      irracionalismo

                                                                             síntesis           

    O  A                    El Realismo                                                                     racionalismo

                        (El Renacimiento nuevo,               

                             siglo XIX)                              formalismo                         hiperracionalismo           

                                D E S H U M A-                          El Simbolismo, El Decadentismo,

                                N I Z A C I Ó N                           El Modernismo (siglos XIX-XX)

                              El Realismo socialista           utilización          

                      El arte totalitario y fascista                                                          antiirracionalismo   

                                (siglo XX)                            disimilación

                                                                                                                        irracionalismo 

                                                                                        El Absurdismo (siglo XX)        

                          H U M A N I Z A C I Ó N               El Existencialismo, El Surrealismo                                                                                              

                                                                              síntesis                               racionalismo

                El postmodernismo (siglo XX)                                                        

8. Conclusión.

                                                   

Pero¿es que, entonces, bajo la máscara de amor

                                                                      al arte puro se esconde el artazgo del arte, odio                                                

                                                                        al arte?¿Cómo sería posible?                                                                          

 Ya dije, lector, que se trataba de preguntas 

impertinentes. Queden, por ahora, anuladas.

José Ortega y Gasset

“La deshumanización del arte”

 

El esquema que hemos ofrecido al lector como resultado de nuestras reflexiones a base y acerca de “La deshumanización del arte” es muy generalizado y refleja solamente las tendencias principales del desarrollo de la cultura artística occidental. Representa más bien un mapa de ideas más comunes para distintas épocas de la civilización euroamericana y a lo mejor refleja la estructura de nuestra conciencia histórica y de nuestra razón pragmática. En el sentido práctico es bastante útil analizar el modo de pensar de una sociedad para predecir los cambios eventuales en su semblante: el mapa de ideas más generales de una época en muchas cosas coincide con el mapa de ideas de un individuo, que vive en esta época y pertenece a la sociedad. La personalidad artística también se forma bajo la influencia muy significante de todo el conjunto de ideas que le son contemporáneas: políticas, filosóficas, científicas, religiosas, artísticas, etc. Cabe mencionar aquí que las personalidades artísticas más sobresalientes raras veces están conformes con el modo de pensar habitual y propio a “la masa”. Esto no significa que a cada precio están luchando por sus propias ideas para imponer su punto de vista a la modernidad: unos se atreven, y otros no; unos disfrutan de popularidad y reconocimiento durante su vida, y otros obtienen la corona de laureles de manos de la eternidad. La última cosa en que puede pensar el artista auténtico es manifestarse adecuado a las normas estéticas establecidas por su tiempo: lo que le importa es ser un buen artista, nada más. ¿A qué “corrientes artísticas” pertenecen Bach, Cervantes, Kafka, Borges, Rivera? A todas y a ninguna. Éste es también el caso del mismo José Ortega y Gasset, como el de cada personalidad insólita. “Pintor, no te empeñes en ser moderno: es lo único que no puedes evitar de ser”, escribió Dalí. La diversidad de talentos contribuye a la coexistencia de diferentes tipos de la cultura humana, y al revés: sólo una sociedad multicultural es capaz de educar a un artista sensible a la belleza en todas sus manifestaciones.    

Es una lástima que no hay espacio (y tiempo tampoco) para analizar las demás ideas, pronunciadas por Ortega y Gasset en “La deshumanización del arte”: sobre “el alma europea, en quien predomina un instinto futurista sobre el irremediable tradicionalismo y pasadismo orientales”(pág. 46); sobre la anonimidad de “la nueva producción”; sobre la fatiga del progreso y, ante todo, sobre el arte del siglo XX y la historia política del mismo siglo, que es el otro gran tema “invisible” de “La deshumanización del arte”. Verbigracia:”En arte, como en moral, no depende el deber de nuestro arbitrio; hay que aceptar el imperativo de trabajo que la época nos impone.”(pág. 20);”Se acerca el tiempo en que la sociedad, desde la política al arte, volverá a organizarse, según es debido... Todo el malestar de Europa vendrá a desembocar y curarse en esta nueva y salvadora escisión.”(pág. 15);”Ya veremos como todo el arte nuevo, coincidiendo en eso con la nueva ciencia, con la nueva política, con la nueva vida, en fin, repugna ante todo la confusión de fronteras entre las cosas bien demarcadas.”(pág. 35), etc. De las páginas citadas como que se levantara de su tumba el fantasma del año 1925, como que creciera en el alma “el presentimiento de la guerra civil”, como que se sintiera el aire del “malestar de Europa” entre las dos guerras mundiales: todos los crímenes de aquella época inhumana no se debían a los instintos irracionales del hombre, como se creía, sino todo lo contrario, a su hiperracionalismo, a su obsesión de construir una sociedad ideal y de racionalizar la vida humana hasta que no quede en ella nada irracional e inexplicado. Estas ideas “humanistas” convirtieron la vida de millones de personas en una pesadilla. Pensaba Goya, que “el sueño de la razón produce monstruos”: resulta, que “el sueño” aquí puede tener más de un significado. El siglo XX era un siglo del insomnio continuo, al estilo de Ireneo Funes, que, según Borges,“no era muy capaz de pensar”.

Paradójicamente, el arte modernista (cuya aparición a lo mejor se debe a la invención de la fotografía y al horror primitivo ante las imágenes movibles del cinematógrafo) resultó ser el testigo más fidedigno de su época. Cuanto más se racionalizaba el arte, tanto más se revelaba en sus obras el carácter absurdo de la emprendida racionalización. Desde los cuadros modernistas nos está mirando lo esencial de aquel tiempo: la locura, la idiotez, la debilidad mental. (Las palabras son de Salvador Dalí: así caracterizaba al modernismo.) La actitud del siglo XX hacia el modernismo era la misma, que la actitud del siglo XIX hacia el realismo, definida por Oscar Wilde como “la ira de Calíbano al ver su propio reflejo en el espejo”. En “La deshumanización del arte” hay más de una predicción, pero la más trágica de ellas es la siguiente:”Con estos jóvenes cabe hacer una de dos cosas: o fusilarlos o esforzarse en comprenderlos. Yo he optado resueltamente por esta segunda operación.”(pág. 20) Sin prestar atención al ejemplo del filósofo, los regímenes totalitarios del siglo XX, dondequiera que se instalaban, siempre optaban por la primera. La absurdidad de aquella época acaso la entendían sus víctimas: en su mayoría eran partidarios de las ideas “progresistas” del hiperracionalismo.

 

P.S. Creo que nuestro ensayo ha cumplido su tarea de orientar (o desorientar) al lector en la temática de “La deshumanización del arte” de José Ortega y Gasset. La relectura que hemos emprendido parece haber sido fructuosa, aunque tal vez demasiado polémica y poco tradicional, que es lo que le más alegra al autor personalmente. Espera éste que no se oirá ningún reproche en cuanto a la seriedad y la atención al texto original, con las que ha sido realizada. Además, le pido perdón al lector por haber concentrado toda la atención en un sólo texto de Ortega: es que me ha parecido el más apto para un análisis detallado en marcos del presente trabajo. He utilizado la edición de “La deshumanización del arte” de José Ortega y Gasset en la serie “Revista de Occidente en Alianza Editorial”, en la colección de obras de José Ortega y Gasset editada por Paulino Garagorri, décimo volúmen:”La deshumanización del arte y otros ensayos de estética”, Madrid, 1991.  

 

Nota sobre el autor:

Maksim Ščur estudia hispanística en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Carolina de Praga desde el año 1999. Nació en Brest (Belarus), en el año 1977. Se graduó de la escuela Nº 2 de Brest, especializada en el estudio de la lengua y cultura de España e Hispanoamérica. Tres veces ganó el concurso de los hispanistas jóvenes de la república y fue admitido en la Universidad Lingüística de Minsk, donde estudió en los años 1994-98. Se dedicaba a la literatura hispanoamericana, sobre todo a la obra de J.L.Borges y de J.C.Cortázar. En el año 1998 emigró a la Republica Checa como refugiado político; desde entonces vive en Praga. Fuera de su carrera universitaria, se dedica a la traducción artística de la literatura hispanoamericana al bielorruso. Entre sus últimos trabajos se encuentra la traducción de la novela de G.G.Márquez “El otoño del patriarca”, de “Historias de cronopios y de famas” de Julio Cortázar y de la antología poética de Octavio Paz; por el momento el traductor anda buscando posibilidad de publicar dichos libros en Belarus. En el año 1999 a Maksim Ščur le fue otorgado el segundo premio Iberoamericano por su ensayo, dedicado a la obra de Jorge Luis Borges.

  


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